De astros y enigmas

La grandeza y el amor de las masas operan mediante mecanismos misteriosos. Nada más inasible, y al mismo tiempo potente, que ese territorio donde se juntan el magnetismo, el carisma y la dislocación de las reacciones “lógicas” de la multitud

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE
ILIUSTRACIÓN ERASMO SáNCHEZ

En la información que rige a la especie humana se encuentra un poderoso dispositivo, tan sólido como su material genético, y es la acumulación por centurias y milenios de información y prácticas ancestrales. Todo ese acervo queda almacenado en un repositorio vivo y activo llamado inconsciente colectivo. Jung le otorga a ese archivo de prácticas y conocimientos que es la psique el valor de la comprobación: los seres vivos hacen determinadas cosas y se comportan de tales o cuales maneras, así no las haya estudiado o practicado, porque su ancestro las anda haciendo desde mucho antes que el individuo naciera.

Nuestra mente acumula entonces saberes, creencias, prácticas, sistemas de comprensión y de valores; a veces hacemos algo automáticamente aunque no creamos en ello, de allí que, a pesar de la odiosa superioridad con que llamamos “mitos” a los mitos, éstos siguen guiando algunas tendencias y pasos dados, o por dar, por parte de la humanidad. Así la humanidad crea más en otros asuntos que considera más terrestres.
Tranquilos, niños: esto de arriba fue apenas una señalización para que algunos racionalistas extremos se detengan un poco antes de burlarse del peso de los arquetipos sobre el comportamiento de nuestra especie.

El día que murió el astro Maradona me enteré de un evento astronómico que la astrología se ha desatado a interpretar de muchas maneras: en estos días se acercan en el cielo de Sagitario los gigantes Saturno y Júpiter. Esta conjunción no ocurría de manera tan visible y dramática desde la Edad Media de la humanidad. El síndrome de los observadores de asuntos periféricos me hizo asociar esa información con otra que se propagó duro por todo el estadio internet: Diego y Fidel murieron en la misma fecha. Si el mayor comunicador del siglo XXI venezolano no hubiera muerto en plena retrogradación de Mercurio (5 de marzo de 2013), incrustado arquetípicamente como el mensajero por antonomasia en nuestros adentros, no le prestaría tanta atención a este tipo de fenómenos.

El gigante Júpiter, símbolo del crecimiento, expansión, prosperidad y buena fortuna (Diego Armando), se podrá ver próximamente a simple vista acercándose a Saturno, fundador de civilizaciones y del orden social (Fidel). Será una comprobación física, palpable y verificable, sin necesidad de aparatos ópticos, a partir del 16 de diciembre: ahí los veremos, cerquita, casi juntándose ante nuestros ojos, descaradamente y sin tapabocas.

“El mejor”

La cultura de la hipocresía ha llevado a las sociedades modernas a plantearse entelequias más o menos estúpidas relacionadas con eso del “ejemplo a seguir”, la perfección asociada a la pureza, el respeto a la norma, lo sagrado de ciertos clichés. A los ídolos o candidatos a ídolos se les suele exigir, por tanto, que sean totalmente pulcros y correctos, como no lo es nadie en esta perra vida: como la juventud es un conglomerado que es preciso resguardar del “mal camino”, entonces sus ídolos ¡no deben! tener vicios ilegales o que los hagan perder la buena imagen o el decoro.

El ídolo ideal de las masas no sólo debe ser el mejor en su ramo, sino que no debe consumir drogas, decir cosas feas contra la decencia, autoridad y las leyes, robar, tener momentos o episodios de debilidad; si es hombre, no debe dejar dudas acerca de su condición de macho; si es hembra, no debe olvidar que es una costilla proveniente de ese macho. Pero la realidad de la idolatría y la querencia de las multitudes suele moverse en sentido contrario, y la juventud, ese sancocho sagrado que no debemos lastimar con escenas feas o fuertes, termina adorando a los especímenes que le llenan las páginas informativas de escenas fuertes y feas. Contra el dictamen de “la sociedad”, esa mierda llena de gente impura, a nadie lo seduce la pureza.

Inició el párrafo anterior con una expresión clave: para ser ídolo genuino es preciso ser “el mejor”. Salivazos a la ética y la moral, los ídolos genuinos suelen ser tan violentamente populares que, a veces, la “calidad” medida en estadísticas no caben en su grandeza. De Diego Armando, lo mismo que de Muhammad Alí, se dice con pasmosa facilidad que es “el mejor” en lo suyo, así al comparar sus numeritos con los de Pelé (otro inmenso) la afirmación quede refutada. Alí no hizo sobre el ring nada “superior” a lo que hicieron Rocky Marciano o Joe Louis; los componentes de su estilo luminoso tal vez sí fue novedad en los años 60, pero hay que ser más o menos ciego para no darse cuenta de que imitaba en mucho a lo que hizo en los 40 y 50 el gran Sugar Ray Robinson.

¿Por qué se acepta tan fácil, entonces, la autoetiqueta de “El más grande”? Pues porque lo era: porque, además de muchacho pobre devenido gran boxeador, se meó en la maquinaria militar norteamericana, en su cultura y en sus valores. Cuando Alí llegaba a cualquier país, la sola noticia de su arribo era noticia principal en todos los diarios y la gente se dejaba arrastrar por su esfera gravitacional, como los grandes planetas arrastran tras de sí satélites, asteroides, atención, miedo, respeto y admiración: el magnetismo es una cualidad de la grandeza, y eso no lo tiene cualquiera, así sea el mejor. Rocky Marciano no perdió jamás una pelea (Alí perdió varias, y feo), era ídolo, enfrentó a mejores boxeadores que los que derrotó Cassius Clay, pero cuando murió, en la plenitud de su fama y de su estrellato, la masa no se lanzó tumultuosamente a la calle a llorar por él. Era grande, era ídolo, pero su genio no llegaba a las alturas arquetípicas de la idolatría.

Maradona encaja exactamente en el mismo canon: su espectacularidad en la cancha no iguala, honestamente, el baile o cacería ceremonial de un Ronaldinho, que se cansó de meter goles más espectaculares que el llamado “gol del siglo”, pero Diego era Diego: dentro y fuera de la cancha era amado por el pueblo pobre de todo el mundo y, al mismo tiempo, odiado y detestado por las élites y por los presuntamente limpios, sanos e intachables, incluidos los que llaman “Mariguanita Guevara” a Mariguanita Guevara, el estúpido que todos sabemos, como si drogarse no fuera una verga que todo el mundo hace en este puto planeta.

Chávez, Fidel, Che, Alí, Lavoe, Maradona. Todos rebasaron los requisitos terrenales para convertirse en referencia y emblema de los pueblos y lograron otro pedestal: hay altares y santuarios en nombre de todos ellos, y todos quedan hermanados en el cielo de los seres humanos que detectan la verdadera condición de los ídolos. Jamás dejaron de ser gente de verdad, porque nunca olvidaron su pertenencia al plano más bajo, ahí, donde residimos los pelabolas de la Tierra.

EPALE393