ÉPALE 229 MINICRÓNICAS

 POR EMIGDIO MALAVER G.

Dedícole a mi abuela Leticia, quien me
narraba este cuento cuando era niño, y al espíritu aventurero del margariteño de otrora

Tacarigua de Margarita, casi a mitad del siglo pasado, era un pueblo de lo más sencillo. Sus humildes habitantes sobrevivían gracias al cultivo de productos agrícolas. Era un poblado bucólico. La paz y la tranquilidad eran aires que recorrían casas y vericuetos. Sus calles polvorientas en las noches sin luna eran escenarios de duendes y aparecidos. Aunque no todo era felicidad: los tacarigüeros, en vista de las grandes sequías que azotaban a la isla, también formaron parte de aquello que todos conocen como la diáspora margariteña, donde los hombres isleños, en busca del sustento y el de su familia, llegaron a lugares insospechados.

Agapito González, un hijo de Tacarigua, formó parte de ese éxodo que se fue a tierra firme con su morral de esperanza por una vida mejor. Según cuentan, Agapito llegó por los lados del Delta y ahí empezó a laborar en una contrata petrolera. Eran tiempos donde las noticias, tanto para llegar a la isla o salir de ella, eran bastante lentas y, por tanto, muchos pasaban tiempo sin que su familia supiera de ellos.

Un día, una noticia recorrió las casas y las calles polvorientas del pueblo: Agapito González desapareció, nadie sabía de él; incluso, los que trabajaban con él en Pedernales no tenían ni idea de su paradero. Y pasaba el tiempo y Agapito no aparecía y nadie daba noticias sobre su persona y, en vista de ello, se le dio por muerto. En Tacarigua, en su hogar, a una madre anegada por el llanto no le quedó más remedio que rezarle su novenario, a pesar de que ella abrigaba esperanza de que algún día apareciera por la puerta de la casa, sonriendo y pidiéndole la bendición.

Iban pasando los años y el pueblo seguía bajo su clima bucólico y con el cultivo de especies agrícolas, que hacían los pocos que no tuvieron el valor de aventurarse hacia tierra firme para labrarse un futuro mejor, sino que se quedaron apegados a la tierra madre y grande de su pueblo. Mientras tanto, la madre de Agapito, Eufemia Benita Ruiz, lloraba y lloraba esperando a su hijo. Su pena la iba enflaqueciendo y el dolor que la embargaba se le notaba en sus dos tristes y apagados ojos. Fue tanto su tormento que, a los diez años de la desaparición de su hijo, no aguantó su aflicción y una mañana su esposo la encontró inerte y con el sufrimiento reflejado en su rostro.

Un día, cuando ya el pueblo no se acordaba de Agapito González, pues habían pasado 20 años de haber desaparecido, Fernando González, su padre, se encontraba en su casa sentado en su ture, ensimismado, tal vez pensando en otros tiempos, cuando sintió un ruido en la puerta de la vivienda, observó hacia ella y vio a una persona parecida a su hijo; se limpió los ojos y volvió a mirar, no había duda: era Agapito que había regresado sonriente, quien avanzó hacia su padre y le pidió a este la bendición. Pero fue tanta la impresión que se llevó Fernando González, que desde ese día que vio a su hijo entrar a la vivienda perdió la visión. Y Agapito, luego de enterado de la muerte de su madre, contó a su padre que él se había embarcado en un barco de polizonte y había llegado a Estados Unidos y ahí, en vista de que se hizo amigo de la tripulación del barco, había trabajado, aprendió hablar inglés y se le había hecho difícil regresar.

Y fue así como Agapito González regresó de la muerte y su historia fue todo un suceso en la apacible tierra de Tacarigua de Margarita, a casi la mitad del siglo pasado.

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