De exhibicionista de esquina a “fotopene”

Por Marielis Fuentes / Ilustración Justo Blanco

Un día como cualquier otro, estás en tu rutina habitual, revisando la bandeja de entrada de tu correo electrónico o tus redes sociales o los mensajes de tu teléfono celular cuando de repente: ¡ZAS!, un pene desconocido e inesperado penetra tu privacidad visual.

La vida se ha virtualizado y también los trastornos sexuales. ¿Recuerdan a ese personaje perturbador que acosaba a mujeres y niñas mostrándoles el miembro en plena vía pública? Pues el tipo mutó, ahora usa un perfil de Facebook, nickname y manda “selfis” de sus genitales con Photoshop incluido.

En algunos países le llaman a este nuevo tipo de violencia “Cyberflashing” y consiste en usar el espacio cibernético aprovechándose del anonimato que ofrece, para enviar contenidos obscenos, sin que exista consentimiento o solicitud por parte de quien los recibe.

Muchos hombres creen que enviar la fotografía de su pene provoca en las mujeres excitación o agrado, pero la expectativa es muy diferente a la realidad. La mayoría de las mujeres expone sentirse asqueada, incómoda y violentada cuando recibe una fotografía sexual no deseada, algunas llegan a compararlo con la violación sexual.

Las razones por las que un hombre práctica el “Cyberflashing” son variadas, pero todas tienen como antecedente la parafilia del exhibicionismo aunada al sexismo y la misoginia -odio y discriminación extrema a lo femenino-.

El temor y rechazo que genera en las mujeres recibir la “fotopene” es muchas veces lo que busca el remitente, obtiene placer infligiendo miedo o reacciones desagradables en su destinataria. También están los que piensan que si envían una fotografía de su falo recibirán de vuelta una igual, cosa que en la gran mayoría de los casos no sucede.

Por otro lado, entra en acción el complejo del narciso, el hombre “fotopene” necesita de manera compulsiva reafirmar su virilidad y potencia sexual por medio de la fuerza y la dominación, un caso extremo de egocentrismo machista o delirio de grandeza.

Una cosa es que entre dos personas adultas se practique sexting (envío consensuado de fotografías íntimas) y otra muy diferente es recibir contenido sexual sin desearlo. Tampoco debe confundirse la amabilidad de una mujer o el que esta acepte una solicitud de amistad de Facebook con chanceo. Si la solicitud explícita y clara no está presente el envío de una “fotopene” es un delito y como tal debería tratarse y penarse.

Debido a lo novedoso del ámbito en el que ocurre el “Cyberflashing” existe poca investigación sobre el tema. Sin embargo, en varios países se han creado leyes que permiten que las usuarias informáticas puedan denunciar a los agresores sexuales digitales más allá de un simple bloqueo de red social.

En Venezuela existe un vacío legal, ni la Ley de Delitos Informáticos, ni la Ley Sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia tipifican el delito del “Cyberflashing” o “fotopene”, por lo que en este asunto tenemos desde las organizaciones sociales y las instancias de poder jurídico una tarea pendiente.

Mientras tanto, ¿qué podemos hacer para protegernos?, una opción es recordar que el “fotopene” siente placer al ver que causa una reacción en la mujer víctima de su impulso aberrante, por lo que ignorar, ningunear, denunciar y bloquear puede dejarlo sin el efecto deseado.

Escrachar al individuo o exponer las fotografías en las redes puede ser contraproducente, ya que en vez de generarle vergüenza al agresor le provocará excitación, tengamos presente que el objeto de su deseo es exhibirse.

En cuanto a los hombres sólo les diría que si en algún momento sienten el impulso de enviar una “fotopene” busquen ayuda psicológica antes que sea demasiado tarde y tengan como destino el psiquiátrico o la cárcel.

ÉPALE 374