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POR REINALDO GONZÁLEZ D. @ODLANIERØØ / FOTOGRAFÍAS JESÚS CASTILLO

VIP son las siglas de very important person, es decir, persona muy importante. Sea lo que usted sea, puede entrar al VIP de Pollo Capoeira, comer sin pagar extra por ello y sentirse muy importante en un lugar más privado y mejor iluminado que el salón verdoso de luces blancas donde decidimos ubicarnos —tenemos conciencia de lo que somos— para comer lo que se come en una pollera: pollo en brasas, acompañado de una ración de yuca frita.

Es difícil que un pollo en brasas sea malo, a menos que quede crudo o, por el contrario, se queme. No fue ninguno de los casos. La forma de prepararlo, que consiste en colocar el animal muerto entero en un pincho giratorio y someterlo al fuego, garantiza que se cocine en sus propios jugos y de forma homogénea, o casi. Puede marcar alguna diferencia entre polleras la calidad de la obligada salsa de ajo —pollera  que se respete la aplica con brocha—, que Capoeira exalta con un fresco mojito. Lo mejor, como siempre, fue la piel: jugosa, parda, dañina, necesaria.

La yuca… artificial, como la que venden congelada en supermercados.

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No es una pollera típica, de esas que atraen por su ambiente familiar, larguísimos mesones y música llanera, y que se popularizaron en Venezuela por la década de los 70 (cuenta María Brito, en su blog La Casita de Maribri, que “la primera pollera en brasas se instaló en lo que actualmente es Plaza Venezuela [Caracas] alrededor de 1960, y costaba 10 bolívares el pollo entero).

Se trata, más bien, de un restaurante de hotel —tiene el hotel Alex encima—, con mesas para cuatro y seis personas y música de la Nueva Era. Inaugurado en 2013, sirve desayuno, almuerzo y/o cena a los huéspedes y al público en general, explica José Luis, su encargado.

También tiene un salón llamado Venezuela, que es alquilado para fiestas, cumpleaños, bautizos… Entre mesoneros, personal de la barra, cocineros, lavaplatos y mantenimiento suman alrededor de 45 trabajadores, lo que quiere decir que la nómina, en teoría, no baja de los 9 millones de bolívares.

—¿Y siempre está vacío? —pregunto a Henry Romero, mesonero.

—No, los viernes y sábados se llena.

—¿Qué es lo que más pide la gente?

—Pollo, obviamente; parrilla y cachapa.

—¿Y las propinas?

—Últimamente, malas.

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