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CUALQUIER CRÓNICA DEL 4 DE FEBRERO DE 1992 DEBE GRAVITAR SOBRE EL CUARTEL DE LA MONTAÑA, COMANDO CENTRAL DE AQUELLA ACCIÓN MILITAR QUE CAMBIÓ RADICALMENTE LA HISTORIA DEL PAÍS

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

Anglis Nova y Henry Arismendi son la demostración perfecta de la unión cívico-militar. Ella es teniente del Ejército y él teniente, pero de la Milicia. Son marido y mujer desde hace cuatro años y aún no tienen chamos, pero están buscando un carajito “hecho en socialismo y nacido en revolución”. Lo dicen y se ríen.

Vinieron desde San Cristóbal a completar unas diligencias administrativas y se asomaron al Cuartel de la Montaña con los sentimientos a flor de piel, los vellos erizados. Ellos fueron parte del dispositivo de seguridad que protegió a Chávez durante su última campaña presidencial, en 2012, a su paso por esa ciudad del occidente del país. Aquella vez, ella hasta estrechó su mano.

Se les juntó, sin proponérselo, Néstor Azaiza, quien vende los diarios Última Hora, El Occidente y El Regional por las calles de Acarigua, el cigarro en 2.500 y el chimó en 25.000 la latica. Ha viajado a la capital cinco veces para intentar —en vano— renovar su cédula de identidad. Aprovechó para palpar con sus propias manos el frío glacial de la lápida del Comandante Eterno, que de todos modos “no está ahí, está en todas partes”.

"La Tía" Velásquez, guía como una madre

“La Tía” Velásquez, guía como una madre

La miliciana Lérida Velásquez —le dicen la Tía— llegó tarde a su jornada, pero pidió disculpas a quienes esperábamos en el lobby del Cuartel para iniciar el recorrido. Viene de Pérez Bonalde pero la falta de transporte le complicó la mañana. Enérgica, menuda y con modos de abuela querendona, nos orientó en sus labores de guía: “Vamos todos por aquí mis hijos bellos”, y nos enrumbó por la antesala y el callejón de honor minado de banderas hasta la Placita del Retorno o de La Constituyente, para detenerse, casi a modo de reverencia, frente al Canon de Montaigne de París, de 1893, que todos los días, a las 4:25 en punto de la tarde, dispara la salva que recuerda la partida del mandatario. “Llueva, truene o relampaguee”.

EL COMIENZO

Erigido entre 1904 y 1906, durante el gobierno de Cipriano Castro, se convirtió en museo a partir de 1981 para exhibir piezas de valor histórico y militar. En 1992 fue escogido como base de las acciones insurgentes contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez durante la Operación Zamora, comandada por el teniente coronel Hugo Chávez Frías, quien finalmente desistió de la rebelión debido al fracaso de las acciones en los principales centros de poder de la capital del país. Tras ganar las elecciones de 1998 y convertir las instalaciones en epicentro conmemorativo, año a año, se rebautizó como el Cuartel de la Montaña y se transformó en foco memorioso de la gesta revolucionaria. Tras la partida física de Chávez, en 2013, se encargó al arquitecto Fruto Vivas su remodelación para convertirlo, en siete días, en mausoleo del Comandante Supremo, teniendo como eje central el monumento La Flor de los Cuatro Elementos, que representa al fuego, viento, tierra y agua, donde reposan los restos mortales del líder bolivariano, rodeado por cuatro húsares de rictus inamovible quienes, sin embargo, te siguen con la mirada cuando te acercas a la lápida de granito gris guayanés.

“Él se fue y no se llevó nada, nos dejó todo” repite Velásquez en letanía. Han llegado a recibir hasta 900 personas en un día, nos cuenta. Ella se distribuye entre su trabajo de secretaria en la Asamblea Nacional Constituyente y su rutina militante. Nos introduce, primero, en una capilla diminuta y sacramental con las figuras en yeso del Santo Cristo de La Grita y una réplica de la Virgen de Luján, patrona argentina, que trajo en persona la exmandataria Cristina Fernández de Kirchner.

VELÁSQUEZ LLEVA NUEVE AÑOS DE MILICIANA, Y EN EL PRIVILEGIO DE GUIAR A LOS VISITANTES DURANTE SU RECORRIDO POR EL CUARTEL DE LA MONTAÑA CASI CINCO AÑOS, EL TIEMPO DE LA AUSENCIA FÍSICA DE CHÁVEZ

“¿Quién pasó por aquí, mis hijos?”, nos pregunta como una maestra de escuela a sus alumnos de segundo grado, y nos empuja cariñosamente a otro salón de acceso lúgubre pero bellamente ornamentado, donde exhiben antiguas piezas militares como puntas de lanzas, bicornios, uniformes, casacas, espadas, trabucos naranjeros, charreteras, gualdrapas, fusiles y dragonas, entre otros pertrechos. Nos señala una foto de Maisanta y nos pregunta “¿Quién era Maisanta?”. “El abuelo”, me apuro a responder. “El bisabuelo —me corrige—, hay que estudiar, mi hijo”.

Ella presenció, de alguna manera, los hechos del 4F desde la Academia Militar. Allá trabajaba por entonces y nos confiesa, con el acento fresco de su Caripito natal, que conoció al Comandante y a su familia cuando era un joven cadete a quien llamaban “Tribilín” por lo flaco que era. “Recuérdenlo vivo, él vivirá por siempre, mis lindos”, nos canta como manando un hechizo.

Desde el Cuartel de la Montaña Chávez tenía —y tiene— a Miraflores a tiro

Desde el Cuartel de la Montaña Chávez tenía —y tiene— a Miraflores a tiro

Nos conduce a otro salón, más doméstico y anecdótico, donde se muestran la taza de peltre donde tomaba café el Comandante durante su programa televisivo Aló, presidente; el pupitre donde recibió sus primeras lecciones en su Barinas natal; el mapa de América Latina donde señalaba con su trazo grueso y firme el destino de la Patria Grande; una réplica del Cine Bolívar donde vio El rayo justiciero con Antonio Aguilar; un relieve al natural del “Látigo” Chávez, su pelotero favorito.

Velásquez lleva nueve años de miliciana, y en el privilegio de guiar a los visitantes durante su recorrido por el Cuartel de la Montaña casi cinco años, el tiempo de la ausencia física de Chávez. Es abogada, graduada en la Universidad Central de Venezuela, y antes de introducirnos a otro salón nos hace formar en fila india, despojarnos de lentes oscuros y gorras y nos pide, con afecto maternal, que no hagamos fotografías durante nuestro paso por el tramo en herradura alrededor del sepulcro.

En otro salón, el último del recorrido, nos muestra algunas gigantografías de Chávez y Fidel y nos advierte: “Estos son Chávez y Fidel, que se fueron sin nada y nos dejaron todo”.

Nos acompaña, cual dulce matrona, al punto inicial del recorrido y nos despide entre besos y abrazos, como si fuéramos un familiar cercano que emprende un largo viaje sin retorno.

En el lobby varias mujeres esperan su turno, sentaditas.

AMANDA NO OYÓ NI UN TIRO

Sostiene Amanda que ese martes se levantó, como siempre, a las 3 de la mañana a trajinar. Su rutina era, más o menos, sacar la manguera para llenar el tanque en la platabanda, colar el guarapo, amasar las arepas, barrer el patio y detenerse a respirar el amanecer que, desde la Calle Real de La Planicie de Monte Piedad, en febrero es helado y brumoso. Parte de la rutina, creía ella, era ver llegar un autobús cargado de soldaditos con boina roja que luego se distribuyeron regados por el piso, en lo que parecía ser parte de un ejercicio castrense en el Museo Histórico Militar. A lo lejos, casi emocionada, pudo ver a un muchacho de rictus marcial dirigiendo la operación. Estaba parado cerca de un jeep “oteando el horizonte” —como dicen algunos malos poetas— con unos binoculares inmensos.

Sostiene Amanda que no le dio largas al asunto y se empotró en su vivienda a continuar las batallas del hogar, sin poner cuidado a lo que pasaba más allá de la frontera del muro perimetral de su jardín, pegado al Cuartel. Su sorpresa fue gigante cuando a mediodía, rendida de agotamiento e instalada frente al televisor, descubrió al mismo joven oficial que comandaba al piquete de la madrugada, asumiendo ante los medios la responsabilidad de una rebelión cívico-militar. Ella jura que no escuchó ni un tiro.

José, Roger, Jhony, Amanda y "Cebolla", testigos y panas burda

José, Roger, Jhony, Amanda y “Cebolla”, testigos y panas burda

Amanda Pedrosa no se llama Amanda. Se llama Bernarda, pero así la conocen. Hasta Chávez, que cada vez que pasaba por el Cuartel a encabezar un acto oficial y tenía cerca a algún medio, cruzaba la frontera hasta su casa y le pedía que echara el cuento de su cruce de miradas aquel 4 de febrero: “Di, vieja, di”, le suplicaba como un carajito impaciente. Una vez detuvo un evento, mandó a cadena nacional de radio y televisión y le dedicó el tema “O quizás, simplemente, le regale una rosa” de Leonardo Favio. “No era verlo: allá va Chávez; es tenerlo aquí, su cabeza sobre el pecho, que él te abrazara y te dijera a ti… te amo”. Se le escurre la voz.

En ese febrero insurrecto se asomaban en las carteleras cinematográficas caraqueñas Thelma y Louise, La muerte de Freddy, Erotismo mortal, Uno miente el otro engaña, Depredador del futuro y Extrañas criaturas 3. A lo mejor el dato no tiene nada que ver con esta crónica, pero los títulos eran, por lo menos, premonitorios. En esos días un paquete turístico a Orlando (Florida) costaba 85 dólares diarios, unos zapatos de piel legítima Bs. 3.395, un colchón semiortopédico desde 5.000 bolos, un televisor de 25 pulgadas 40.000; Boris Izaguirre era columnista de El Diario de Caracas y Pedro Pablo Aguilar de El Globo. Venezuela estaba en bancarrota y degradada y el 23 de Enero casi en ruinas: sus bloques abandonados, los parques deshilachados y el propio museo, semiderruido, sostenía a duras penas la memoria decadente de viejas glorias militares.

Sostiene Amanda que es “panaquire” del presidente Maduro, que hasta mandó a construir una plaza frente a su casa para recordar sus encuentros con Chávez. Nació ahí mismo hace 78 años y ahora, que sacó el Carnet de la Patria, por fin, compró una radio portátil donde escucha la emisora de La Piedrita. A su radio nueva, sostiene, le puso Maduro.

Uno de los salones revive la iconografía infantil y juvenil de Chávez

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