POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN ALFREDO RAJOY

ÉPALE 223 FILO Y BORDEEn su novela 1984, George Orwell plasmó la pesadilla futurista de un mundo dividido en dos bloques y de una ciudadanía manipulada y vigilada a través de pantallas. El idioma se había “optimizado” por un abuso de la economía del lenguaje hasta convertirse en la “neolengua”. Dibujó allí a unos seres humanos asfixiados por la ausencia de libertad y dominados por la figura del Big Brother, el Gran Hermano.

Como fue escrita entre 1947 y 1948, el año 1984 parecía una fecha lejana en el futuro. Pasamos por allí, por la fecha futurista, hace 37 años y esas pantallas grandes no aparecieron. En cambio, por allá, por esos 80, comenzó el uso del teléfono celular, en sus primeras versiones analógicas, las que apenas servían para llamar y recibir llamadas. Al principio fue un símbolo de esclavitud privilegiada. Es decir, quien lo tenía era bien pagado pero estaba atado a su trabajo a cualquier hora y en cualquier sitio.

Un dato curioso de toda esta historia es que la ciencia ficción anterior a los años 90, capaz de imaginar otros mundos y de predecir artefactos tecnológicos deslumbrantes, no tuvo la posibilidad de imaginar a nuestro planeta conectado en red y menos que esa red fuera capaz de almacenar la data de todos sus usuarios y de hacer uso de ella con diferentes propósitos. El Big Brother que ahogaba la libertad de todos no apareció. Todo lo contrario, la tecnología digital ha implantado una sensación extrema de libertad en todos los ciudadanos del planeta que tienen acceso a ella.

Hay quien postula que las nuevas tecnologías terminaron con la “sociedad de control” del siglo XX. El poder ya no trata de controlar la información que intercambian los ciudadanos. Libera y estimula ese intercambio. Lo facilita. El poder descubrió que ese intercambio le permite una esfera más amplia de dominación. No establece el control, pero multiplica la vigilancia. Ahora tiene la capacidad de ver con precisión hasta el último detalle íntimo del pensamiento, las inclinaciones, los gustos y las fobias de cada uno de nosotros. Para lograrlo, la inversión no fue muy alta, la gente compró con sus propios ingresos los dispositivos que posibilitan esta vigilancia y los metió hasta en la cama.

Resulta que la pantalla de 1984 no tenía que ser grande, se podía lograr con aparatos que caben en un bolsillo. Y no había que limitar la libertad, era necesario expandirla. El resultado es una sociedad de supuestos seres libres, concebidos a sí mismos como emprendedores, empresarios, productivos y competitivos. No requieren patrón, porque son sus propios patrones, y tampoco esclavos, porque son sus propios esclavos. Hoy no tenemos al Big Brother, lo que tenemos es la Big Data. En esa mina está en bruto el material que, debidamente refinado, es capaz de perpetuar el poder. Allí estamos todos, encadenados a nuestra más absoluta sensación de libertad.

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