Del Silencio pa’ la Silsa por El 23

La esencia del caraqueño y el complejo histórico que lo rodea son parte del paisaje de esta ruta

Por Natchaieving Méndez • @natchaieving / Fotografía Michael Mata • @realmonto

Llegar a La Silsa desde El Silencio pasando por el 23 de Enero, para mí es recorrer la belleza caraqueña en su máxima expresión. Es posible que algún lector difiera de mi afirmación pues maneja un concepto de belleza diferente al mío, sin embargo, me tomo el atrevimiento de justificar mi argumento partiendo de la definición que hace el Diccionario de la Real Academia Española sobre el adjetivo belleza: “…que, por la perfección de sus formas, complace a la vista o al oído y, por extensión al espíritu”, esto ocurre en mi cuando hago este trayecto.

Inicio mi recorrido desde la plaza O’Leary, un espacio en el que la luz que se filtra entre los bloques ideados por Carlos Raúl Villanueva en la primera mitad del siglo XX, hace que la mañana tenga un aire nostálgico y bucólico; a pleno mediodía un centro de movimiento continuo y al final de la tarde tenga las tonalidades sepia que dan fe una ciudad cansada. Las dos torres imponentes del Centro Simón Bolívar dejan colar los rayos solares que vienen del Waraira Repano, montaña testigo de la furia caraqueña. Las Toninas de Francisco Narváez, asomadas en la fuente, parecieran cambiar su expresión mientras las agujas del reloj giran hacia la derecha hasta culminar su vereda circular.

Me monto en la camioneta Zona E – Mirador, y para ingresar al combativo 23 de Enero entramos por El Calvario. ¿Cuántas historias, conversaciones, palabras, amores, desamores, proyectos, penas o alegrías esconderán cada uno de los noventa escalones que por la noche ahora se pintan con el tricolor nacional?

El transporte sigue por el túnel que atraviesa El Calvario y llega a Caño Amarillo, rozando a un lado restos de los testigos de finales del siglo XIX: lo que fue el terminal del ferrocarril Caracas-La Guaira, la villa Santa Inés y lo que en algún momento tuvo el fluente de agua en el que los viajeros saciaban su sed, luego del trayecto.

Acompañada generalmente de buena salsa, atravesamos los intimidantes edificios del 23 de Enero, símbolos de una Venezuela indómita. Personas reunidas, algunas disfrutando de una fiesta espontánea, otras jugando bolas criollas o fútbol; comiendo en algún local o puesto improvisado; reparando los carros, en fin, en acciones diferentes pero con la expresión en común de quienes se declararon en la rebeldía contra los estereotipos de estándares de vida y decidieron ser felices desde la sencillez, pese a cualquier circunstancia Slot Gacor.

Llego a La Silsa, bloques que luego de la caída de Marcos Pérez Jiménez fueron inaugurados, y con el tiempo asumieron el nombre de una fábrica lechera ubicada en el lugar. Se asoma allí la avenida Morán y al lado contrario el camino hacia Catia y Propatria.

Los perros y los gatos comunitarios conviven sin recato en los edificios. Las risas de los niños y los jóvenes concentrados en patear o elevar el balón son parte del sonido cotidiano. El cielo caraqueño se cubre con mantos negros de la noche, y dan pie a cientos de lucecitas que hacen que el cerro cuya cima sostiene los bloques de Casalta, parezca un nacimiento en pleno diciembre. Cada luz una historia, y una de ellas se enciende para escribir este relato.

ÉPALE CCS Nº 479

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