POR MARIELIS FUENTES • @MARDALUNAR / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE300-SOBERANÍAS SEXUALES¿Desde qué mirada se construyen nuestros deseos?; esto que sentimos, fantasías, pulsiones, ¿dónde los adquirimos? Nuestro sistema educativo dista de un ejemplo de formación sexual para la liberación, en él persisten prejuicios y desigualdades de género que contradicen el empoderamiento sexual. Por otro lado, no es propiamente el hogar el primer lugar donde recibimos información veraz, científica y oportuna acerca del ejercicio de nuestra sexualidad sobre la base del goce placentero y responsable. Entonces, ¿dónde aprendemos esto que llamamos relaciones sexuales?

“Lo que no se aprende en casa o en la escuela se aprende en la calle”. Ciertamente, gran parte de nuestros primeros conocimientos sobre sexualidad los recibimos de la tradición oral, del compartir experiencias con otras personas. Igualmente, existe una fuente masiva de información sexual: la industria pornográfica.

Etimológicamente pornografía proviene del griego pórnē (prostituta), gráphein (grabar, escribir, ilustrar) y el sufijo -ía, (estado de, propiedad de, lugar de), dando como resultado “descripción o ilustración de las prostitutas o de la prostitución”. Aunque la pornografía es tan antigua como la humanidad, fue a partir del nacimiento de la fotografía y el cine, en el siglo XIX, cuando se industrializó. En el siglo XX el auge del cine, aunado a los procesos de liberación sexual, naturalizó ciertas expresiones de la sexualidad humana. La industria del porno aprovechó este momento de oro desde 1970, cuando la aparición de las nuevas tecnologías de reproducción, desde los videocasetes hasta el internet, dieron pie a lo que conocemos como porno mainstream, comercial o hegemónico.

Nace nuestra escuela contemporánea de sexualidad, que por su impacto sobre grandes masas tiene efectos socializantes, determinando los imaginarios colectivos sexuales; pero ¿sobre la base de qué sistema de normas?, ¿para qué?, ¿en beneficio de quién? Como en otras esferas sociales, en la industria del cine porno la mirada de la masculinidad hegemónica predominó, tanto en su creación como en su consumo; en ella encontramos una narrativa que naturaliza la violencia en las relaciones sexuales, donde la penetración, el falo y el placer masculino son determinantes: llana reproducción del patriarcado.

Como toda industria el porno mainstream crea necesidades ficticias para promover el consumo de mercancías, modela hábitos sobre la base de estructuras de dominación capitalista y patriarcal. No por gusto será la industria del porno la segunda economía más poderosa del mundo. Gracias a ella tenemos una visión tergiversada de las relaciones sexuales, sostenida en la genitalidad, el dolor y el abuso sexual como sinónimos de placer. Esta es la que enseña a los varones a forzar y obligar; y a las mujeres a soportar, ceder, complacer y reprimir.

Dime qué consumes y te diré qué relación sexual tienes. Hoy existen propuestas innovadoras y subversivas donde otra mirada de las relaciones sexuales es posible. Urge una educación sexual sin tabúes, sin prejuicios, veraz, científica y oportuna, que conciba la sexualidad como manifestación integral de la vida humana; una educación sexual que rompa los estereotipos de género y que promueva la democracia participativa, protagónica y feminista en la cama, “fiftyfifty o no hay trato”.

ÉPALE 300

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