Demisexualidad, emociones y deseo sexual

Por José Luis Tapia • joseltapia@gmail.com /  Ilustración Yulia Pino@arte_moon88

¿Cuál es la relación entre las emociones y la sexualidad? ¿Las emociones y los sentimientos nos hacen disfrutar más de nuestra sexualidad, o por el contrario son un obstáculo? ¿Hay que sacar las emociones y los sentimientos de nuestros encuentros sexuales? ¿Debemos dejar que afloren con libertad? Los vínculos afectivos son un terreno en disputa cuando de relaciones sexuales hablamos, y son claves en la definición de la demisexualidad como orientación sexual.

¿Qué es la demisexualidad?

Al indagar en redes sociales sobre el amplio espectro de la sexualidad, existe una orientación que suele pasar desapercibida, pero que resulta muy interesante de profundizar, y es la llamada demisexualidad. La persona demisexual es aquella que sólo mantiene relaciones sexuales con otras personas con las que haya establecido algún vínculo emocional profundo.

De acuerdo al Demisexuality Resource Center, a diferencia de la mayoría de las personas que les puede excitar un poco ver una Scarlet Johansson o un Henry Cavill en el cine, la persona demisexual no siente ningún tipo de atracción sexual a primera vista. Para experimentar deseo o atracción física, debe darse una conexión emocional. Sin embargo, es importante aclarar que el hecho de que exista un vínculo emocional no significa que hay atracción sexual, sino que debe existir como condición previa para establecer algún tipo de relación sexual.

La demisexualidad vendría a ser la quinta orientación sexual, y se les suele considerar más próximos a la asexualidad (con quienes se les suele confundir) o como parte de la gris-sexualidad, es decir, aludiendo a su ubicación entre los polos de la sexualidad y la asexualidad.

Hablemos de las emociones y los sentimientos

El tema de las emociones y los sentimientos da mucho para hablar y discutir. El filósofo José Antonio Marina nos dice que nuestras primeras aproximaciones al mundo son desde el campo afectivo, a partir de la necesidad de protección, esperando recibir de nuestro entorno los primeros alimentos emocionales. Nacemos y crecemos con necesidad de afecto, y esa disposición y apertura afectiva se encuentran primero que la necesidad del conocimiento. Somos seres sensibles antes que seres racionales, por lo que es comprensible asumir que nuestro primer motor de vida es aprender a entender distintas emociones o sentimientos (rabia, tristeza, amor, alegría o frustración).

Asimismo, para la filósofa Agnes Heller, sentir significa estar implicado en algo, y esos sentimientos que uno experimenta, están marcados por las costumbres y ritos sociales con los que crecemos y somos educados, y juegan un papel fundamental en la definición de las relaciones interpersonales. Sin embargo, el pensamiento occidental ha tendido a colocar a las emociones como un enemigo de la razón, pero de acuerdo a la filósofa Victoria Camps, la conducta humana no puede prescindir de las emociones ya que impulsan nuestras acciones y son las que le otorgan sentido a nuestro comportamiento, por lo que la mejor opción es pensar nuestro lado afectivo, tomando en cuenta que debemos relacionarnos y convivir con otras personas.

Emoción, sociedad y deseo

Según la socióloga Eva Illouz, la emoción no es un acto en sí mismo (cuando sentimos alegría, no necesariamente sonreímos, saltamos o gritamos), sino que es una suerte de impulso o energía para llevar a cabo ese acto, en el que además se mezclan conocimientos, motivaciones o sensaciones. Dichas emociones, revelan mucho de nuestra condición en la sociedad, nuestras creencias, nuestra cultura, nuestra formación o aspiraciones. Una buena nota en la escuela nos entusiasma de distinta forma si somos el estudiante, la madre del estudiante o el maestro de ese estudiante. Tienen una gran carga cultural y social, que las hace precisamente combustible de nuestra conducta diaria. Nos otorga energía si se tiene la capacidad de vincularse con nuestra identidad, y esa identidad se da junto con otros en la sociedad, formando parte de un contexto.

Vale la pena en este punto preguntarse ¿Qué es lo que nos emociona cuando deseamos a alguien? ¿Que es joven, fuerte, inteligente, amable?, ¿o que tiene experiencia?, ¿que es algo inocente? Si las emociones son una energía o un impulso, ¿cuál es el origen de esas energías?, ¿hasta dónde se remontan? ¿Dónde están situadas socialmente esas emociones?, y sobre todo ¿a cuáles expectativas responde? Experimentar alegría, nervios, entusiasmo, o ansiedad, previos al encuentro sexual, ¿guarda una estrecha relación con aquello que aspiramos, con lo que aprendemos o lo que nos enseñaron en nuestra casa, el colegio, la universidad o el trabajo? Pareciera que los vínculos afectivos y la sexualidad revelan relaciones sumamente interesantes, y que merecen seguir discutiéndose.

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