POR MARÍA GABRIELA BLANCO • @PILARTOSH / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE289-SOBERANÍASMi niñez y adolescencia se ubica en Higuerote, un pueblo situado en la costa afro de la región de Barlovento, en el estado Miranda, cerca de la capital caraqueña pero lo suficientemente lejos como para ser un escape de fin de semana para cualquier persona sexualmente activa y enclosetada. Lo que para unos representaba una válvula, un grifo que dejara fluir los deseos prohibidos de una sociedad achantada, para mí era una combinación oculta, el patrón de seguridad de un teléfono ajeno. No me pertenecía.

Me desplazaba en la escuela ocultando mi primer amor, observando cómo ella se enamoraba del “indicado”. Soñando que yo era él y ella se fijaba en mí. Disfrutando cuando nos tocaban evaluaciones en grupo y, por conspiración de circunstancias imprevisibles e inevitables, encajaban nuestros apellidos. Gracias a mis amigas del colegio y del liceo, que siempre fueron las mismas, ese primer amor se desvaneció y evitó se obcecaran mis sentidos. Nunca se enteraron de mi desventura, pero poco importaba la amada. Yo creo que en el fondo ellas sabían que yo era rara pero, en esa época y a esa edad, a nuestro modo pueblerino y conservador de ver las cosas todas lo éramos un poco. Y nos gustaba, por eso nos mantuvimos juntas, como hermanas. La tortura del primer amor se desvaneció y no regresó hasta el término de mi adolescencia; punto pa la providencia.

El internet llegó a mi vida en el liceo gracias a las promociones de Cantv y a la señora Berta, la madre mía, quien lo pagó. Tuve computadora, internet e intimidad, todo en el mismo combo, para ser cancelado en cómodas cuotas dentro de la factura mensual del teléfono. Luego de las primeras búsquedas, investigaciones y trabajos escolares descubrí la cultura del chateo. La página web de Cantv ofrecía, además de los servicios de una empresa telefónica e internet, un innovador link para conocer personas en cualquier lugar de nuestro país. Esta ventana emergente sobresalía para mostrarme diversas “salas” de conversas con nombres convenientes: general, mayores de 20, mayores de 30, de 40; solteros, bisexuales, gays, lesbianas… Esta vez no había riesgos, solo tenía que entrar en esa sala-mundo por conocer y mantenerme bajo perfil, mejorar mi lectura e imaginarme el escenario de cada integrante. Funcionó hasta que decidí escribir.

Ser lesbiana en la red fue una etapa de mi vida que disfruté mucho, sin el riesgo del chanceo físico en el espacio público. La mejor escuela para acercarme a las técnicas de la escritura. Fui echadora de cuentos en demasía, establecí mi punto de vista narrativo, aprendí a escribir diálogos creíbles; junto a la técnica de los diálogos le di con fuerza a la escritura libre y su prima: la creatividad, que se activaba cuando mi lectora era superinteresante y con ortografía triunfosa. Antes no lo advertí, pero con el tiempo descubrí que allí se sentaron las bases de mi sapiosexualidad actual, el feminismo como elemento base de atracción sexual.

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