POR NAILE MANJARRÉS • @EPALECCS / ILUSTRACIÓN L. “RAZOR” BALZA

ÉPALE 236 SOBERANIAS

Parece sabiduría popular que si alguien te da, o le das, el beso negro queda amarradx para siempre.

Parece —y sí, es prejuicio (¿designio?) popular— que a la novia que se presenta a mamá se le dedican el “misionero”, los besos dulces, el “suavecito, con amor”; y con “la otra” —o las otras— es con quien se hacen las demás, buenas e imprescindibles maniobras.

“¿Cuáles otras?”, pregunta la que aún no sabe que no solo se puede “mojar” sino que también puede acabar con un chorro glorioso saliendo de sus piernas.

Pues le digo que son esas, en las que te saben voltear, escupir y lamer desde la espalda al ombligo sin respiro, sin volver a humedecer la lengua.

También parece ley eso de que “si una mujer te lo da”, es decir, te permite hacerle sexo anal es que “está muy enamorada”. Creyones, no siempre. Generalizar es estrechez de mente.

¿Y si es por la cabeza femenina —la que piensa— que esa idea pasa, desde el primer beso en las escaleras, en la plaza, en la oficina, donde sea que sea?

Puede ser, incluso, que ella lo desee más que él, que su propio hoyo negro sea el que desea probar. Que se expanda, que se encienda mientras, a apenas unos milímetros de distancia, sea la vagina la que disfruta de toda la fiesta.

Puede, por supuesto, que ella sea quien lo proponga, no para cautivarlo solo a él, no para amarrarlo sino porque sus propias ansias la incitan.

Puede —y es— que él no tenga que consultar con sus amigos “por qué la chama no me lo da” sino que es ella la que dedica su tiempo libre a ver si en internet existe alguna guía o tutorial, porque quiere que la primera vez no duela más de lo que va a disfrutar.

En esto, para opinar no hace falta ser experto. ¿Qué pasa si es ella quien al tercer encuentro (a lo mucho) no pueda fingir más y diga, muy seria, “necesito que me lo hagas por detrás”?

Puede pasar. ¿El machismo nos permitirá llegar?

 

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