Despechos

Por María Eugenia Acero Colomine @andesenfrungen / Ilustración Justo Blanco

Si los amores fueran para toda la vida, a lo mejor la realidad sería muy aburrida y basada en lo conveniente. Que todas las historias tengan final feliz, seguro llenarían el panorama de una atmósfera alegre y serena, sin mayores alteraciones en el biorritmo del corazón; seríamos puras personas irradiando plenitud, gozo y paz. Dicho sea de otro modo: sin la existencia de fracasos amorosos seguro estaríamos habitando en la dimensión del empíreo.

Por suerte, la realidad es otra; más bien es la regla que las vivencias sentimentales lleguen al final. La deserción del amor ha motivado a nivel mundial toda clase de creaciones que reflejan las etapas del duelo y el desgarro del fracaso. El bolero, el tango y el fado pudieran erigirse, fácilmente, como los himnos oficiales del despecho, por ser tan parecidos a lo que siente un corazón roto cuando el amor se va.

Se dice que el dios hindú Shiva lloró amargamente luego de haber destruido el mundo. De esas lágrimas de amor surgieron las rudras, el rosario con el que se invoca a este dios para que ayude a sus feligreses a destruir las trampas del ego en sus vidas. Esta fábula nos pone a reflexionar que, tal vez, es necesario acabar con ciertos mundos para que nazca uno nuevo; también nos pone a pensar que la melancolía de la pérdida es el portal que abre una nueva realidad. Dicho de otro modo: quizás sea necesario perder mil veces para que la vida evolucione.

Es posible decir que, a pesar de las miles apuestas amorosas que uno haga, al final, el despecho siempre termina siendo el mismo. Sin embargo, no siempre nos despechamos por las mismas cosas y por eso vale la pena visibilizar algunos de los diferentes duelos por los que pasamos en la vida.

Está el clásico despecho por una pareja, mezcla de sensación de fracaso, nostalgia (en ocasiones alivio e incertidumbre por el futuro), que son los ingredientes perfectos para llenar el hígado de ron, los oídos de música de rocola y las lágrimas de recuerdos tristes de un pasado feliz. A veces no hace falta haber tenido la pareja para sufrir de un despecho, también sufrimos por amores platónicos, por la aspiración a un amor no pudo ser. A los ingredientes del despecho clásico podemos agregar la impotencia y la frustración. Este tipo de despecho, a veces, se suele mitigar con un nuevo amor (cosa que también suele suceder con el despecho clásico). En la banda sonora de estos despechos se encuentran La Lupe, Daniel Santos, Toña La Negra, entre otros tantos juglares del desamor.

Y los panas también

A veces el fracaso sentimental no tiene que ver con una pareja. El fin de una amistad, a veces, genera más dolor que la ruptura con un novio. Duele la traición de quienes en algún momento fueron nuestros hermanos de camino. En casos como estos, no existe banda sonora ni se suelen celebrar los despechos igual que con el fin de una pareja. La desazón se suele llevar en el corazón, en silencio. Por suerte, la aparición de nuevos amigos en el camino ayuda a pasar la página.

Parecido al despecho amistoso está el despecho familiar. Cuando las relaciones con la familia son un constante desencuentro, la sensación de desolación es mucho más fuerte que el despecho amistoso o el amoroso. Las personas que sufren de desamor familiar con frecuencia sólo consiguen sosiego con la terapia psicológica, ya que no está socialmente visto como normal que se llore en una rocola por problemas de amor y comunicación en casa.

Están los despechados por la ciudad. Este despecho es aquella nostalgia por la ciudad que se nos fue y no volverá. Pasar por lo que antes era un cine y ahora es una iglesia evangélica no sólo duele en el corazón, sino en la memoria. Quienes viven estos despechos mitigan el dolor con fotos viejas y refugiándose en las pocas taguaras viejas que quedan en nuestras calles, refugios que compartimos con amigos igual de despechados y de nostálgicos.

Están también los despechados perennes. Esta categoría pertenece a los seres que son felices siendo tristes y viven con una sonrisa las lágrimas del desazón. Esta categoría es diferente de los estadios anteriores, ya que no es temporal. Estos personajes suelen convertirse en despechólogos y recomiendan a sus amigos despechados las dosis exactas de música y alcohol para curarse de un mal de amor. Se les suele ver a los despechados perennes leyendo poesía en la esquina de Gradillas, en el bar los Aguacaticos y en el bulevar Panteón. Es muy común verles llorar mientras sonríen hablando de Pina Bausch, de Juan Calzadilla, del cine Dogma y de los golfeados de Sabana Grande.

El final de un amor suele confundirse fácilmente con el fin del mundo. Similar a Shiva, al destruir una historia lloramos amargamente la ruptura en medio de la nostalgia y el desconcierto. Por suerte, estos finales, la mayoría necesarios, siempre nos dan la garantía de que, al final, siempre crecemos y nos convertimos en personas más auténticas y fieles a nosotros mismos.

ÉPALE 377