Jonestown

POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

Hyacinth Thrash, una abuelita de 76 años de edad, se recostó plácidamente la noche del 17 de noviembre de 1978 en la habitación de una de las chozas que James Jones había instado a construir como parte de un complejo residencial para albergar a su secta, el Templo del Pueblo, en un remoto paraje internado en la espesa jungla guyanesa, en la frontera este de Venezuela.

La viejita, afrodescendiente, integraba el contingente de más de mil partidarios de Jones que habían seguido su prédica desde Indianápolis, y luego Los Ángeles (Estados Unidos), en torno a una sociedad utópica que mezclaba principios socialistas y dogmas cristianos, donde lo esencial era el compromiso con la igualdad social, la hermandad y la autorrealización comunal; mientras él, ungido como un santón, procedía en rituales masivos a sanar enfermedades variopintas, y hasta mortales, a través de curaciones milagrosas.

Thrash contó que el día 18, bien temprano, como cualquier abuela, se incorporó de su cama y se asomó a través de la puerta a admirar el entorno semisalvaje donde Jones había decidido crear su proyecto agrícola, fundado en 1974 en torno a más de 12 kilómetros cuadrados de un supuesto paraíso terrenal en la región de Barima-Waini, Guayana Esequiba, con su propio nombre por delante.

Había llegado hasta allí luego de distintos tropiezos con las autoridades norteamericanas, que veían algo sospechoso en Jones, eutoerigido como un sanador portentoso y quien mantenía una férrea autoridad sobre un grupo de fanáticos entregados a él en cuerpo y alma (llegó a tener cuatro esposas a la vez), atraídos por un pastiche discursivo que mezclaba la doctrina maoísta con la simpatía por Stalin y la Unión Soviética, bajo la definición ideológica de “socialismo religioso”, y con visiones de un futuro apocalíptico.

Según Jones, el fin estaba cerca, y su particular Armagedón veía como potenciales jinetes a paramilitares y marines del Ejército estadounidense que llegarían, de un día a otro, para llevarse a sus amados correligionarios e impedirles realizar su sueño quimérico en la tierra.

La abuela aseguró que el frío le caló el cuerpo cuando decidió avanzar, en medio de un silencio espeluznante, a través de una ciudad fantasma. “Oh, dios mío, han llegado y se los han llevado a todos”, fue lo que pensó mientras avanzaba, hasta que comenzó a tropezarse con los cadáveres.

Más de 900 personas se envenenaron ese día ingiriendo cianuro, entre ellos 260 niños y niñas, en lo que es considerado el peor suicidio colectivo registrado en la historia reciente.

Nuestra abuelita vivió 17 años más, gracias a que se quedó dormida.

ÉPALE 305 

 

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