ÉPALE279-MINITECAS

Eternas rivales en las guerras de minitecas

EL SONIDO INCONFUNDIBLE DE UNA GENERACIÓN ERA CUANDO LA RUMBA PESABA MÁS DE 1000 KILOS. HOY, UN IPOD DE POCOS GRAMOS HACE TODO ESE TRABAJO DE CUANDO ÉRAMOS JÓVENES, BOBOS Y FELICES Y LAS MINITECAS ERAN TEMPLOS DE CULTO URBANO

POR MARLON ZAMBRANO

En 1987 dos eventos extraordinarios conmovieron a los temporadistas que plagaban las sucias playas abarrotadas de Caño Copey, en Río Chico: una ballena orca encalló en las arenas corrompidas, frente al asombro de quienes jamás se habrían imaginado presenciar un espectáculo tan extravagante a una hora en carro desde Caracas; y el fin de semana sangriento que confrontó en una batalla final de minitecas a la Destroyer Party, de La Dolorita, con la Apocalipsis Sound de Guarenas, pendientes de una culebra desde la vez que se confrontaron en una cancha de Sarría.

Un tipo, se desconoce las circunstancias, salió apuñaleado de aquel encuentro y una muchacha recibió un tiro en el abdomen en pleno tongoneo del tacatataca, que bombeó adrenalina toda la noche en un club que cobraba 4 bolívares la entrada y que se desbordó de turistas foráneos que llegaban en moto Yamaha RD 350, viejas Chevrolet pick up sin cabina, Fairlanes rancheras, Mavericks de última generación, escabrosos Malibús dos puertas o los novedosos Sierra año 86 que resultaban un escándalo postmoderno.

CARLITOS “LLORÓN”, DISC JOCKEY DE GUARENAS, NO PARECÍA UN GÁNSTER NI PROVENIR DEL GUETO, PERO ANDABA ESCOLTADO COMO POR SIETE MUCHACHITOS DE CARA RABIOSA QUE RENEGABAN DE LA CORDURA

Carlitos “llorón”, disc jockey de Guarenas, no parecía un gánster ni provenir del gueto, pero andaba escoltado como por 7 muchachitos de cara rabiosa que renegaban de la cordura y por cada rumba se agenciaban palos, manoplas y punzones para evitar las alteraciones públicas, o que algún desaprensivo se acercara demasiado a la araña luminosa que apenas parpadeaba con dos de sus siete faros originales. Menos aún, que las parejas aproximaran peligrosamente el bailoteo del Walk Like an Egyptian de las Bangles a alguno de los dos sub-woofers que bombardeaban beats arbitrarios con toda la fuerza del registro de los bajos.

Aquellas faenas se repetían cada fin de semana porque Carlitos, hoy flamante mototaxista sin Ipod, pretendía emular la epopeya de sus arcanos mayores: la Sandy Lane, Bettelgeuse, New York People, Explosion People, Infierno, ZC, Maui, Excalibur, Caribean, Traffic, The Rainbow, Soultrain, The Lawyers y otras pocas que dejaron una huella indeleble en una juventud fácilmente impresionable por los nombres en inglés y las liturgias del placer que indefectiblemente desembocaban en la rumba electrónica.

ZC, control totaaaaaal

ZC, control totaaaaaal

THE BESTIAL SHOW

“Mil novecientos ochenta y siete, siete, ete, ete, te, te, te…” repetía el jingle que voceaba un emulador deprimente de los locutores Enrique Hoffman o Waldemaro Martínez, con la dicción del Chunior de la Radio Rochela pero que ponía a todos esos chamos a brincar frenéticamente en compases de saltimbanquis.

Era casi una religión para los jóvenes pobladores de las urbes más permeadas por la radio y las modas, desde que en 1978 Radio Capital AM 710 organizó una fiesta pro-graduación del Colegio San Agustín con la primera guerra de minitecas que registre la historia patria, la cual rápidamente devino en poderosa industria de millones de bolívares de entonces, mientras florecían sus versiones pobres auspiciadas por la relativa facilidad de adquirir el equipo básico de planta, platos, deck y cornetas con dólares a 4,30.

Desde entonces y a lo largo de esa década todo bautizo, quinceaños, fiesta pro fondos y verbena menesterosa o de alto standing, era amenizada por los decibeles más ensordecedores desde las fiestas patronales de Santa Elena de Uairén, hasta el coctel fashion de una mansión de La Lagunita Country Club, con un denominador común: que oliera a espíritu joven.

“¿Quién los entiende? ¿Por qué les apasiona ensordecerse? ¿Por qué todo fragor que no los ahogue en el volumen les parece el frotar de murmullos que se extingue entre los labios sin que el de junto se entere? Al profesar las doctrinas del acabose sonoro, critican implícita y explícitamente a padres y abuelos, sometidos a los que se les daba, el ronroneo de los violines, el falso bullicio del mariachi, la levedad de las bandas de guerra, el recato de los cohetes. ¿Qué nomás eso aguantaba su oído? ¿Por qué se dejaron someter por la voz baja?”, reflexionaba desde las antípodas roncas del DF mexicano el gran Carlos Monsiváis.

El rito más elevado tenía lugar en las catedrales del género como el Poliedro de Caracas o el Parque Naciones Unidas, donde se celebraron durante esos años bobos (según Edmundo Chirinos) estruendosas presentaciones que convocaban a 10 y 20 mil muchachos a la vez, hipnotizados por esa novedad sonora que se hizo pionera en estas tierras y luego fue producto de exportación a través de sucedáneos como la changa tuki, nacida en el underground petareño y muy admirada en Nueva York; o la fiesta rave que terminó siendo la eclosión desastrosa del desenfreno amenizado con “éxtasis” y mucha agüita mineral.

Esos niños se acomodaban en los intersticios del ruido, en una época donde los medios y las mediaciones abrieron sus mezquinos pasadizos al protagonismo casi impúber: “El negocio creció vertiginosamente y los dueños de minitecas, que habían tomado todo al principio como un hobbie, ya eran empresarios con tan solo 20 años. Cada miniteca tenía un promedio aproximado de entre 20-25 presentaciones en un mes (cada una por un precio aproximado de Bs. 5.000 por 6 horas), cada una tenía sus propios camiones y trailers identificados, sus propios showman y no solamente se dedicaban a mezclar new wave, sino que incluyeron en sus presentaciones salsa, merengue, pasodoble y rock. Los dueños de las minitecas gozaban de total autonomía económica y se permitían el lujo de viajar cada mes al exterior a fin de traer equipos y música”, cuenta Carlos Viña.

La magia del sonido electrónico se apoderaba de todos

La magia del sonido electrónico se apoderaba de todos

THE END

Existe una historia oficial y una oficiosa en casi todos los asuntos. Se escribe con letras mayúsculas que la era de las guerras de minitecas culminó abruptamente en 1985 tras una presentación patrocinada por la emisora Caracas 750 AM, con el showman Tony Scott lanzándose en rapel desde el techo del Poliedro vestido con un traje de la fuerza aérea y cierre a trompadas por las pandillas de Santa Mónica y la Hermandad Gallega, terminando con varios heridos graves.

Sin embargo, muchos años después Carlitos “llorón” se aferraba con fe ciega a sus cestas de discos de vinil rayados de tanto pinchazo. Mezclaba los memorables títulos del sello Magic Record: Magic Mezclas I, Magic Mezclas II, Guerra de Minitecas, Invasión de Minitecas, Discotequeando y Megaton Mix con los emblemáticos Club New York New York, Bettelgeuse Mix I de Caracas 750 y Sandy Lane de Sonográfica, antes de que se diluyeran en una tinta negra y pastosa que dio paso al antipático disco compacto o CD.

Su gloria, en esa liturgia de arrabal que lo elevó a ídolo de pueblo, DJ de los suburbios y maestro de ceremonia enclenque, hizo eclosión dos años después, en el 89, cuando intervino en una ofensiva tragicómica en la concha acústica de Higuerote donde llevó su escasa parafernalia llamada Apocalipsis Sound, que sonó hasta que se achicharró el sistema de cables tras un bajón de luz que fue definitivo para que se dejara de eso y se dedicara al fascinante mundo de las carreritas por puesto.

Sus hermanos mayores, recuerda con cierto arrebato de furia que le inflama la mirada, siguieron cosechando las glorias de su épica burguesa: el fundador de Sandy Lane, Carlos Bóveda, se convirtió en un reconocido odontólogo; Jhonny Cabrera, el de Betelgeuse y posteriormente Sandy Lane y otras más, terminó siendo presidente de una afamada empresa productora de espectáculos; Tony Scott se hizo famoso locutor y gerente radial; Massimo Coletta, dueño y fundador de “New York New York”, terminó dedicado al mundo de la construcción.

Él cobra el banderazo en Bs 150 mil. Si le hablas de las minitecas, te cobra lo mismo.

ÉPALE 279

Artículos Relacionados