905716ed-1e72-4a06-9459-bbbef722845cTRAS EL DISCURSO POR RODOLFO CASTILLO •@MAGODEMONTREUIL

El filme La caída del Halcón Negro (EEUU-Marruecos, 2001), del director estadounidense Ridley Scott, se devanea entre lo políticamente correcto y una visión sesgada de la geopolítica internacional. Ni siquiera su soberbia narración, sustentada en una edición de vértigo y acertada fotografía, salva a su propuesta de la banal ambigüedad, dejando al filme en una ciénaga que oscila entre la forzada ingenuidad o un exacerbado cinismo.

Veamos. Un largo epígrafe inicial, más que poner al espectador en contexto, denota lo que es una verdad de perogrullo: la pobre mirada que tiene EEUU de todo aquello que no es norteamericano. Sin embargo, el epígrafe es contundente en su información, pero cínico en su tratamiento. Ante una delicada situación con los alimentos en Somalia a principios de los 90, producto de una atroz sequía, un caudillo local (el infaltable villano foráneo) incauta la comida que llega al país y utiliza el hambre como arma (cualquier parecido con la situación actual ¿es coincidencia?).

El mundo responde… enviando marines norteamericanos; combatir el caos con más caos, el terrorismo con más terrorismo. En este punto quedan definidos los bandos bajo la recurrente fórmula el bien-el mal; y para justificar lo burdo del planteamiento la narración se decanta hacia la fallida operación de las tropas de élite gringas.

Claro está, Ridley Scott echará mano de su comprobada calidad y experiencia como director. Previo al derribamiento del helicóptero en Mogadiscio—que da el título al filme— recrea una semblanza de los ocupantes: desparpajo, musicalización pop, barbacoa con carne de un jabalí local, en fin, muchachos disfrutando de un exótico safari en un país al otro lado del mundo, que vive una cruda realidad que no entienden ni les interesa. A esta banalidad de los actores se le suma el impulso humano de hacer lo justo, que se ve impedido por políticas protocolares: ante el asesinato de gente busca comida a manos de las bandas armadas de Mohamed Farrad Aidid, los marines solicitan intervenir (ocupante “indignado”); su solicitud es denegada porque es “jurisdicción” de la ONU. El doble rasero roza el paroxismo, lo insoportable. La sucesiva historia del fracaso militar no eximirá la maniquea dualidad del filme.

ÉPALE 190

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