Diciembre / Lilia Vera | La voz

Esa voz que es la matria, que es el susurro oculto de la mujer que siembra y alimenta a sus hijos, y del hombre que fluye por entre la fronda del mar para multiplicar los panes y los peces. Ese trueno que deslumbra sobre los piélagos de la noche para estremecer la quietud de los cuerpos cansados. Ese silbido yekuana y carabalí de inflexión mestiza. Ese grito, sol de coral al alba y luna empedrada al ocaso. Saetas de lluvia como mariposas, desde su boca de aleación de barro hacia los deltas del Arcornocal. Inmortal Doña Bárbara en un carro de aguas claras, apremiada por acariciar esta raza quimérica del siglo XXI, como estos kariñas que somos, estas valquirias. La voz, chubasco del Capanaparo, riada del Yuruari, olvido de Achaguas.

Grave o aguda, como crisálidas doradas en la noche larga de los pueblos, para que al amanecer destellen candiles mecidos por el aliento alegre de los resucitados. Hay cantos que son elegías y cantos disparo. Su voz es la conciencia de un pueblo altivo en su porfía, es la mueca insolente de los que no se dejan marchitar por el paso del tiempo ni el agasajo de las ofrendas de oropel. Lilia le canta al paisaje y al alma, desde los ecos de Otilio y de Luis Mariano. Junto a ellos, un país entero minado de coplas e inspiración que arrebata el pecho con una alquimia que cuesta tanto: la dignidad.

Marlon Zambrano

ÉPALE 395