Diego y el dragón

 

POR RODOLFO PORRAS • ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

El fútbol la última representación sagrada
que nos queda en nuestro tiempo.
Pier Paolo Pasolini

Era un dragón que llevaba un buen tiempo encerrado en una cueva; fue acumulando mucha energía y no encontraba la manera de liberarla. Apenas murmullos: que si dijo esto y aquello, que si otra vez recayó, que Dubái, que la selección Argentina, aquel programa maravilloso comentando el mundial que luego ya no fue tan bueno, que si tal y cual y pascual. Otras veces era como un suspiro dentro de la cueva o como un ronquido, un grito aislado, un espasmo, un olvido y hasta como una risa. A veces simplemente cambiaba de posición y toda esa energía en reposo se reacomodaba dentro de la caverna.

Un día, con apenas algunos indicios previos que no terminaban de predecir un desenlace tan inmediato: una noticia… la primera vez que brotó fue casi sotto voce en Tigre. Pronto fue desatando toda la energía que había estado contenida desde el gol que en 1997 cerró su jornada como jugador en la cancha. El enorme dragón despertó con un rugido imparable, profundo; desplegó las alas y aquello sonaba como un aplauso inagotable, estiró el cuello y el planeta entero se fue cubriendo de esa infinita admiración, de ese inmenso amor que no solamente los amantes del fútbol sino la gente común sentía por Diego Armando Maradona.

No solamente ocupa un lugar en el imaginario universal, sino que él inventó ese lugar porque, además de ser un jugador prodigioso, era un ser humano asombrosamente humano. La fama no pudo desalojarlo de ser quien era, permaneció en su ser. Hizo, dijo, combatió, lloró, se carcajeó, “la luchó” a fondo.

En una sociedad que ha desplegado una inmensa maquinaria para posicionar a los winners como un deber ser y despreciar a los loser como constructores de su propio destino, con el fin internalizar que la desigualdad es la consecuencia justa de asumir una u otra actitud, “el mejor del mundo” era la persona ideal para convertirse en un paradigma que enarbolara ese discurso. Pero Maradona no pisó el peine. Hizo lo que creyó, lo que quiso, lo que no quiso. Se arriesgó. Se lanzó por toboganes prohibidos y se elevó por los caminos más escarpados desde el fondo de los hoyos que él mismo cavaba, para ver de nuevo al mundo desde su altura.

Cuando el dragón desplegó sus alas me pareció que Pier Paolo Pasolini, cineasta, teatrero, periodista y quien alguna vez expresó que “el fútbol es, después de la literatura y el eros, el placer más grande del mundo”, era una buena compañía para hurgar en un pedazo de la trama de El Pelusa.
Pasolini afirmó que “el fútbol es un lenguaje con sus prosistas y sus poetas”.

Maradona escribió una pieza teatral con poesía, en consecuencia con “la última representación sagrada” y la hizo no solamente con la genialidad de su juego, sino que fue destejiendo el velo de un tinglado con infinito poder, un tinglado de trampas, mafias, y meganegocios. El Pibe hizo sentir a los más humildes que brillaban con él en la cancha, porque él lucía como ellos en su cotidianidad. Su juego no solamente eran gambetas, balonazos, estrategias, picardía. La Mano de Dios fue mucho más que una excusa, fue un guiño de sobreviviente a sobreviviente. Y el segundo gol de ese partido que muchos entendieron como un corolario de la Guerra de las Malvinas, puede narrarlo Pasolini en un texto escrito en 1975, 21 años antes de aquel suceso: “De hecho, el sueño de todo jugador (que todo espectador comparte) es arrancar del centro del campo, driblar a todos y marcar. Si, dentro de los límites permitidos, cabe imaginar algo sublime en el fútbol es precisamente esto”.

Ya Maradona en 1986 le había dado otro tono al fútbol mundial, y siguió escribiendo su poesía en la cancha y en la vida. Una poesía verdadera como la que escribió Brasil con su fútbol total, como la que escribieron los obreros ingleses a finales del siglo XIX, al invadir y triufar en las canchas que sólo eran espacio para los muy ricos. La poesía de Maradona a veces era épica, a veces francamente lírica, pero en otras se entregaba, sin dar conseciones, a esas sombras que siempre andan con uno y que muchos las dejan para después de la muerte.

Pasolini celebra la existencia del gol como el momento más sublime del juego: “Todo gol es ‘ineluctabilidad’, fulguración, estupor, irreversibilidad”.
Exactamente así fue la partida —me corrijo— así es la partida, el gol definitivo que despertó al dragón y que colocó a Diego Armando Maradona en el lugar que le correponde en la memoria de la humanidad.

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