ÉPALE253- DIÓGENES ESCALANTE

FUE EL PRIMER PERSONAJE EN LA HISTORIA A QUIEN TODO EL PAÍS POLÍTICO QUERÍA CONVERTIR EN PRESIDENTE, POR CONSENSO NACIONAL, SIN DUDAS NI POSICIONES EN CONTRA. PERO UN DÍA SE LE PERDIERON UNOS PAÑUELOS. AY, CHAMO…

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE • @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

El momento en que se acercaba el fin de la presidencia de Medina Angarita llenó de intranquilidad a Venezuela. Llámase “intranquilidad” a esa cosa que se respira en el ambiente cuando dos o más grupos aspiran al poder, y no solo lo aspiran sino que se creen dueños de él, y entonces son capaces de atraparlo o defenderlo con sangre si es necesario (con la sangre de los demás, se entiende). Hablando de sangre: el pasado sábado hubo luna llena o tal vez el agua llegó a las tinajas. Ah mundo, los pájaros. Tengo sed.

Hablando de sed, los más sedientos en esa carrera por el poder eran los adecos y los militares gomecistas. El presidente Isaías Medina Angarita, quien también era militar pero sabía que el tiempo histórico estaba en una frontera detrás de la cual había que darle chance a los civiles, se oponía a que López Contreras lanzara su candidatura a la presidencia. Vino entonces López Contreras y lanzó su candidatura por sus cojones. Y esas malditas arañas azules no se cansan de bañarse en mi sopa; por favor, alguien que venga y las saque.

Cuando todo indicaba que iba a haber problemas para terminar de meter a Venezuela dentro de una cosa desconocida hasta entonces, llamada “democracia”, Medina Angarita asomó el nombre de un candidato fuera de lo común. Había sido ministro de López Contreras y embajador plenipotenciario ante Inglaterra, había fundado y dirigido un periódico (El Nuevo Diario) y era, en general, un diplomático influyente en el ambiente enrarecido de la Segunda Guerra Mundial y posterior al conflicto. En ese momento (agosto de 1945) se desempeñaba como embajador de Venezuela en Estados Unidos, y era pana muy cercano del presidente Harry Truman. Su prestigio en el país era sobrecogedor. Aplastante, porque en aquella Venezuela, mucho más que en la de ahora, la gente común y también los personajes públicos se quitaban el sombrero ante un sujeto que hablara otros idiomas y que fuera conocido y respetado en el mundo. Bastó que Diógenes fuera anunciado como “candidato” del Partido Democrático Venezolano para que todo el país se volcara en aplausos detrás de él, y esto incluía a los partidos de oposición. Esto solo volvió a ocurrir en Venezuela medio siglo después con un caballero que fue secretario privado suyo por unos días. Más abajito les contaremos qué pitos tocaba Ramón J. Velásquez en esta historia.

Las personas y los países casi siempre buscamos y encontramos un detalle, algo con qué autosabotearnos cuando consideramos o sentimos que algo es demasiado perfecto o demasiado hermoso para ser verdad. Diógenes Escalante era un personaje de conciliación nacional, el elegido, el presidente que todos querían; alguien tan increíblemente guao, o sea, que era querido por los adecos, los comunistas, los militares y los intelectuales del patio, y de paso era el consentido de Harry Truman, el presidente gringo. Demasiado de pinga todo: que el tipo con quien te caes a palos te administre el pozo de petróleo durante un rato; Truman estaba más feliz que Medina Angarita. Pero maldita sea, esas vacas no dejan de caminar por las paredes. Por favor, Ramón Jota, sáquelas de la oficina.

Ramón J. Velásquez le hizo una breve entrevista a Escalante cuando este llegó al país a encargarse de este negocio, y la prensa nacional reprodujo esa entrevista en miles y miles de ejemplares que la gente leía y comentaba en todas partes como si se tratara de la radionovela del momento. Fue tal el impacto de ese documento que Escalante mandó a buscar al joven periodista Ramón Jota y le pidió que fuera su secretario personal. Velásquez aceptó, y al día siguiente comenzó a trabajar con Escalante dos horas al día, de 6 a 8 de la mañana. Además ambos eran paisanos tachirenses, y allí se estableció una relación muy cordial de hermandad; Diógenes le aconsejó al periodista que trabajara con él solamente esas dos horas, para que no abandonara su trabajo en el periódico. El despacho temporal de Escalante estaba en el hotel Ávila, las cucarachas están hablando y caramba por qué es tan difícil ponerle azúcar a este café. Esto me lo contó Ramón J. Velásquez en una entrevista que me concedió en 1999; lo del cargo de secretario, lo del café y lo de las cucarachas, lo de las arañas azules y las vacas trepadoras; los pájaros, la luna y el agua de las tinajas.

FUE EL DOCTOR ENRIQUE TEJERA QUIEN SALIÓ Y LES INFORMÓ A LOS SEÑORES PRESENTES:“EL DOCTOR ESCALANTE PADECE DE UNA DOLENCIA CEREBRAL IRREVERSIBLE”

Un día de septiembre estaba prevista una reunión de Escalante con Medina Angarita en Miraflores. Un poco extrañados porque el candidato no llegaba, el ministro del Interior, Arturo Úslar Pietri, llamó para el despacho de Escalante. Úslar le dijo que lo estaban esperando en el palacio presidencial y Escalante le dio una primicia: “Han desaparecido mis pañuelos. No puedo salir de aquí sin mis pañuelos. Son miles de pañuelos”. Cortada la llamada, hubo un nuevo telefonazo de Úslar; este lo atendió el secretario, Ramón Jota. Le preguntó:

—Velásquez, ¿qué es lo que ocurre con el embajador Escalante?

-Dice que no puede asistir a la reunión porque se le han perdido sus pañuelos.

—¿Y usted qué dice de eso?

Hubo una pausa. Ramón Jota estaba en la obligación de decir la verdad, pero también sentía la obligación de serle leal a su paisano, que seguía siendo su jefe. Respondió:

-Yo digo que eso es lo que dice el doctor Escalante.

Una junta médica se reunió de emergencia para hacerle una evaluación al excelentísimo señor embajador. Mientras el examen tenía lugar, afuera del recinto esperaban militares, políticos de todas las tendencias, personalidades que tenían alguna cuchara que meter en la sopa. Fue el doctor Enrique Tejera quien salió y les informó a los señores presentes: “El doctor Escalante padece de una dolencia cerebral irreversible”. Las expresiones de admiración que horas antes toda Venezuela le prodigaba cedieron paso a un dictamen brutal que corrió también de boca en boca: “Se volvió loco el doctor Escalante”. No fue objeto de más vejaciones y burlas porque el presidente de Estados Unidos mandó un avión de la Fuerza Aérea norteamericana a buscar a su amigo caído en desgracia. Unos días atrás, al llegar a Venezuela, había en el aeropuerto una multitud, miles de personas esperándolo, altas personalidades pendientes de echarse la foto. En la despedida apenas había una docena de personas, solo familiares y amigos muy cercanos. Uno de ellos era Ramón J. Velásquez, quien me dijo que Escalante le dirigió estas palabras antes de subir al avión, en un chispazo de lucidez: “Lo siento mucho. Todo llegó demasiado tarde”.

Venezuela se quedó sin candidato de unidad; los adecos y una facción de militares derrocaron a los pocos días a Isaías Medina Angarita. Un país enloquecido debió conocer entonces un par de presidencias abortadas, luego la pesadilla de Pérez Jiménez y luego la de los adecos y copeyanos. Y todavía queda gente que cree que antes del chavismo éramos muy felices, un país organizadito y sin vacas caminando por las paredes.

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Postdata: Hay un episodio demasiado gracioso, inmediatamente posterior al diagnóstico de demencia de Escalante. Isaías Medina, angustiado en la búsqueda de un candidato sustituto, designó como tal a su ministro de Agricultura, Ángel Biaggini. Parece que este caballero dejó un autógrafo con una dedicatoria en un afiche en el diario Últimas Noticias, que se apresuró a publicarlo en primera página; en esa dedicatoria aparecía la palabra “entuciasmo” escrita así, con “c”, y eso lo hizo perder el ya precario apoyo con que contaba. En respuesta, El Nacional publicó un breve texto anónimo, que decía:

“Uno de los acontecimientos más sensacionales de los últimos tiempos lo ha sido el autógrafo del doctor Biaggini, publicado por Últimas Noticias, en el cual aparece escrita con ‘c’ la palabra entusiasmo. La prensa lopecista ha arremetido furiosamente contra tal gazapo, sosteniendo que un ciudadano con deficiente ortografía no tiene derecho a presidir esta República. Protestamos. No porque nos agrade la ortografía del doctor Biaggini, sino porque el general Gómez escribía entusiasmo con ‘h’, presidió la República, y los que hoy son directores de los periódicos lopecistas no dijeron ni pío”.

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