Disfrutar en Caracas

Por Rocío Navarro Amaro • lamusica.flauta@gmail.com / Fotografías Michael Mata • @realmonto

Lo que habita mi memoria son los lugares donde he sido feliz y me mueve los sabores, los olores, el sonido, la música y así, el itinerario comienza con las comidas.

De donde vengo que es el 23 de enero, recuerdo el kiosco Mérida donde vendían unas arepas rellenas sin abrir, o sean eran cocidas ya rellenas. Impresionantes y divinas slot deposit dana.

En el mercado de Catia adentro, había un kiosco que tenía unos sánduches de pernil supremos: me hacen recordar a mi mamá que le gustaba a veces desayunar allí, al igual que los pastelitos o empanadas triangulares, de carne molida aderezadas con canela o de acelga, de los libaneses en la calle Colombia, El Arabito original. Ahh, y el restaurant Rosalinda fue durante muchos años el mejor restaurant de comida árabe de Caracas. Por allá en el bulevar de la avenida España había un señor que vendía majarete, en platos de plástico, que cuando te lo daba, era lisito como nalga infantil.

En el centro, por la esquina de Veroes o más abajo, en la avenida Urdaneta, recuerdo que había un chichero que vendían una chicha con ajonjolí tostado que era de un rico monumental. Recuerdo el pan de la panadería Cristal, pan sobado. Quedaba frente al liceo Fermín Toro. Demasiado bueno. Y si hablamos de parrillas de platico: en la avenida Baralt arriba, había una venta de parrilla muy buena, muy aseada y ordenada y la otra era por Santa Rosalía y vendían unos jugos “compotosos”, que el dueño era un chico “buenas tardes”. Recuerdo las arepas de cangrejo en la esquina frente a lo que fue RCTV, los sábados en la mañana P’al este: Inolvidables las reinas pepiadas de El Granjero del Este; el chupín de camarón de El Tizón en Bello Campo; la pisca andina de El Andinito en Campo Alegre; el pollo con ajonjolí y miel de El Palmar, toda la comida del restaurante de La Gorda en El Hatillo, que aún está. Sublime todo.

Y si hablamos de dulces les cuento: recuerdo las tortas de la pastelería Williams en El Paraíso; las palmeras de mantequilla de la Tutti Deli inicial; el pie de manzana de la Danubio pero de hace quince años; la milhojas de la Tívoli en la Libertador; las colas de langosta de la Doris en La Carlota; las acemitas tocuyanas que vendían en la Torre Norte de El Silencio y los batidos cremosos que hacía el famoso “Chino” de una fuente de soda que aún tenía el mobiliario plateado, cromado, intacto de los años cincuenta en el sótano de la Torre Sur de El Silencio; las polvorosas de La Flor y Nata.

¿Cervezas? Jajaja. “La Cervezada” de los estadios de la UCV, las de las calle Mauri en Catia. Cerca de la avenida Sucre, la de los restaurantes chinos que siempre están frías y las que nos tomamos en el Mirador de San Román y así.

Y el café no puede faltar: había un café-billar en la avenida Presidente Medina que se llamaba Nico (no sé si aún existe) y que vendía un excelente café. Marrón fuerte y cremoso el de la esquina de mi casa que son unos portugueses aunque quien hacía el café era un venezolano y hoy día, el mejor café lo hace el señor Gregorio, en la sede de Épale en la planta baja.

¡Felicidades Épale!

ÉPALE CCS Nº 479