POR FREDDY FERNÁNDEZ • @FILOYBORDE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

ÉPALE266-SANTOS Y URIBEMe vi precisado a permanecer en el aeropuerto de Bogotá por 14 horas. Por razones de asedio, los boletos desde Europa hasta Bogotá valen la mitad de lo que cuestan hasta Caracas. Me sorprendió la elegancia y modernidad que exhibía el aeropuerto bogotano con su división de papeleras para el reciclaje.

Recordé a Homero, un carpintero costeño, excelente jugador de ajedrez y lector voraz con quien conversé muchas veces cuando estaba a punto de dejar la niñez y de quien aprendí conclusiones serenas de experiencias brutales de la vida colombiana. Me entretuve con “Pepín”, mi amigo José Antequera, asesinado cuando era vocero de la Unión Patriótica, a quien no le dio tiempo de cumplir su promesa de llevarme a un “bailadero de salsa bien bacano”.

Ya en la tarde, a pocas horas de mi vuelo, vi a una señora recolectar los vertederos de basura reciclable. Todas las bolsas eran vaciadas en el mismo contenedor con ruedas que hacía el recorrido por el terminal aéreo. Me reí un poco de la impostada modernidad y recordé a García Márquez con su forma de abordar a esa parte de los colombianos que sus propios compatriotas llaman “cachacos” y que en sus escritos quedan dibujados como maestros del disimulo, expertos en imposturas de cultura y decencia. Entiendo que hoy los “cachacos” están prácticamente extintos, pero allí están Uribe y Santos con sus trajes sospechosamente elegantes, con su convicción sin fundamento de representar una raza superior. Maestros del disimulo, como son, les ha dado por presentarse ahora como luchadores por las causas humanistas.

Uribe quiere ser adalid de derechos humanos, aun cuando todos le sabemos responsable de decenas de fosas comunes y jefe de bandas paramilitares. Por su parte, a Santos le ha dado por ser ecologista para disimular su servidumbre a la entrega de la Amazonía a Estados Unidos, país que la ambiciona como bien lo demuestran todos sus planes de geopolítica estratégica. Y ni hablar del narcotráfico. Después de miles de millones de dólares recibidos para combatirla, los cultivos de coca se han multiplicado en Colombia, al igual que el consumo en Estados Unidos, mientras que ambos países culpan a otros de lo que ellos no solucionan.

Al ver así a esos personajes de poder de Colombia, por fuerza tiene uno que sentirse como Aureliano Segundo cuando vio que Fernanda del Carpio se había puesto en su noche de boda un camisón blanco que la tapaba desde los tobillos hasta los puños, pero que tenía “un ojal grande y redondo primorosamente ribeteado a la altura del vientre”. Lo único que se puede hacer es decir como Aureliano: “Esto es lo más obsceno que he visto en mi vida”.

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