Dolorosamente bella

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Sol Roccocuchi@ocseneba

¿Cómo llegó su belleza de líneas escandinavas y protuberancias caribes, al postrer maniquí que se instala en las redes sociales a despotricar sin ton ni son de todo lo que huela a comunismo?

Kamikaze de las marchas opositoras, donde ha desnudado su apasionamiento patrio poniendo la bandera de siete estrellas al revés, se le ha visto reclamar que esta represión está peor que nunca a la altura de la avenida Francisco de Miranda, y con los ojos llorosos aún por los efectos de las bombas lacrimógenas hay quien la ha visto doblar hacia el Centro Comercial Sambil como quien busca entre Zara y Bershka las armas para combatir al proletariado.

Mártir de la resiliencia, dicen que se reinventó entre las cuatro paredes de su hogar, entre la cocina y el balcón, desde la hamaca hasta la poltrona de semicuero negro entumecido de la salita de estar, donde parece que la cogió la cuarentena intentando hacerse youtuber o influencer o una de esas cosas de las que hablan los muchachos.

Que levanten la mano los tipos de nuestra edad que no se desvelaron durante los años ochenta en maratónicas expediciones al onanismo después de disfrutar de sus sinuosas apariciones en La sultana, María de los Ángeles, La mujer sin rostro o La dueña, algunas de las telenovelas que ayudaron a modelar nuestro histrionismo de desclasados y a perfilar esa pasión melodramática por ver comedores de niños en cada sujeto o sujeta que se dejara la barba como El Che.

No, no se trata solo de que la gente envejece, argumento falaz que intentó empuñar en su defensa Manuel Lazo cuando expusimos su extraña metamorfosis de belleza cosmopolita a monumento vencido. Ahí están Zhandra Rodríguez con su hermosura en combate, Lil Rodríguez y su dignidad tan alta, La Leona María León con la lindura tallada sobre su piel, Cilia Flores, la primera combatiente, quien no solo no envejece, sino que cada vez parece más joven como una versión tropical de Benjamin Button.

Amanda Gutiérrez Padrón, actriz, animadora, locutora, diplomada en Psicología Positiva según se describe en Instagram, nacida en 1955 y protagonista de algunos de los seriados más distintivos de la televisión venezolana en su etapa clásica (desde finales de los setenta hasta mediados de los noventa del siglo pasado) sufre de algo que debería llamarse “feúra” del alma, que la transparenta toda.

El inquieto Humberto Márquez la denomina, no sabemos si con acierto, “amorosamente bella”, y el poeta Pedro Ron le dedica unos versos:

Peligrosamente bella

este rayito de luna

si yo tuviera una

le bajaría las estrellas.

“Envejecer es una cosa, desfigurarse, otra” aclara Arlenys Espinal, y más atrás Azur Tovar remata: “Madre mía… la vida no perdona las malas acciones”.

Carlos Cova nos refiere algo que saca de su anecdotario personal: “Solía mirarla en la tele, por allá por 1978, en una creación minimalista que ella no recuerda y de la que los fanáticos admiradores de telenovelas han olvidado el nombre. Yo sí. Me encerraba en la habitación a mirarla actuar una trama absurda, en la que se besaba interminablemente con Oscar Mendoza, un galán cuya huella también desapareció. Un recuerdo único, vívido, recóndito”.

El último gran placer que nos dio fue con Natty Del Ávila, viuda de Córdoba, en Angélica Pecado por RCTV allá en el año 2000. Las más recientes arcadas nos las provocó junto a su hermanita de botox Hilda Abrahamz en un videíto de esos que “sirven” para definir el concepto de “enchufismo” y señalar a quienes ostentan la condición de faranduleros rojos, como dos abuelitas ociosas de El Cafetal que se reúnen para hablar pestes del vecindario tomando el té.

Y es que su paso al lado oscuro no tiene nada que ver con los años pero sí con un quiebre definitivo de su poder de seducción. Yo la seguiría amando, escuálida y todo, si no hubiera intentado enseñarme a bailar mediante un reel grabado desde la sala de su casa, con movimientos turbulentos al estilo de Anabelle la muñeca asesina; sabrosita, con la juma intacta de ayer.

Incluso, desprejuiciados y bochincheros como somos, la seguiría queriendo, si la danza en cuestión no hubiera tenido de fondo el monumento a la barbarie pop que es Baby One More Time de Britney Spears, con lo que casi destruyó por completo mi poca esperanza en la resurrección.

Es más, la seguiría queriendo, sosteniendo con esperanza boba la posibilidad de su retorno de las cenizas como el Ave Fénix, a no ser por ese lazo violeta de Minnie (la mujer de Mickey) sobre su cabeza díscola, y esa poliamida azul rey con pantalones ajustados de infarto, exhibidos con desparpajo en su danza macabra, que fueron la estocada final sobre mi alma moribunda y me hicieron comprender que hay gente que aunque se arregle mucho, tiene muy feo el corazón.

ÉPALE 421