Donald Trump: Ungido para matar

El intento de juicio político contra el mandatario estadounidense fracasó, como todos predijeron. No obstante, parece sellar el salvoconducto para que el magnate actúe a sus anchas, cual matón de esquina, en su ambición de gobernar por la fuerza al mundo; peor aún, y en año electoral, empezando por Venezuela

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Fotografías Archivo

Lo de Donald Trump es un poder sui géneris: es un malandro encopetado, que actúa como un electrón libre en el ajedrez de la política bipartidista norteamericana. Tiene mucho dinero y es misógino, racista, pendenciero y patán. Pero eso pasaría de largo, incluso estaría bien si no fuera por dos razones agobiantes: es el gobernante de la potencia militar y financiera más poderosa del mundo y tiene un apetito voraz sobre Venezuela.

Ya hacía lo que le daba la gana: intervenía en las naciones más pobres con todo su poderío bélico (Irán, Siria, Líbano); chantajeaba deliberadamente a las potencias económicas con amenazas subterráneas (Ucrania, China, Arabia Saudita); y con su estilo volátil y deslenguado amenazaba a quien se le atravesara en el camino como piedra de tranca para sus negocios personales, mezclados con los intereses de su nación.

La doña que lo quiso frenar

Nancy Pelosi mandó a parar. Una mujer de 79 años, la tercera más poderosa de EEUU en la sucesión de mando y vocera del partido Demócrata en la Cámara de Representantes del parlamento, el 31 de octubre del año pasado admitió las denuncias por abuso de poder y obstrucción al Congreso contra Trump y abrió el camino para un juicio político, lo que popularmente se conoce como impeachment.

Lo más bonito que le dijo Trump públicamente fue “loca”. Ni corta ni perezosa, Pelosi (con más de 30 años de veteranía parlamentaria) le expresó preocupación por su virilidad y le pidió que dejara los “berrinches”.

El caso, que no puede ser dirimido en los tribunales por un asunto de seguridad de Estado, pasó a la Cámara Alta y he allí que, con mayoría republicana (que es el partido que apoya a Trump), el juicio se desinfló y frustró las ganas de medio mundo de ver al hombre encausado y, por qué no, preso.

Pelosi-Trump: del impeachment frustrado a la guerra

Para los gringos el tema es lapopularidad

Ya antes, EEUU vivió dos casos de juicios políticos adelantados por el Congreso: contra Andrew Johnson (gobernante entre 1865 y 1869) y contra Bill Clinton (de 1993 a 2001). Los dos se salvaron. El primero, porque los dos tercios en el Senado no se alcanzaron por un único voto. El segundo, entre otras cosas, porque su nivel de popularidad alcanzaba la increíble cota de 72%.

Lo de Richard Nixon fue otra cosa: renunció al cargo en 1974 por el escandaloso caso de Watergate (espionaje contra sus contrincantes políticos), mientras ostentaba bajísimos niveles de popularidad en medio de la guerra de Vietnam.

Lo más sorprende es que, a estas alturas, Donald Trump cuenta con un nivel de popularidad de 49% (según recientes encuestas), lo que constituye un hito esperanzador para el gobernante de cara a las elecciones presidenciales del próximo 3 de noviembre.

Hay quien se explica tan singular fenómeno: el beligerante magnate del ramo de la construcción, devenido en presidente, viene aplicando un conjunto de estrategias que han impactado positivamente sobre su reputación: replegar la economía y sus intereses a lo interno, explotar la valoración por lo propio con ribetes nacionalistas (incluso, xenófobos) y liderar su propia política comunicacional como cualquier vecino, acercándose vertiginosamente a sus simpatizantes con una eficiencia superior a la de un político “profesional”.

Andrew Johnson se salvó por un voto

A Bill Clinton lo salvó la popularidad

Richard Nixon no pudo con Watergate

Un fetiche llamado Guaidó

Un día antes del juicio, durante su tradicional alocución sobre el Estado de la Unión, presentó como trofeo ante los parlamentarios de su país a un tumefacto Juan Guaidó, cual banderín de sus próximas cruzadas y previo a la amenaza contra el mandatario venezolano Nicolás Maduro. Todos los parlamentarios, demócratas y republicanos, aplaudieron a rabiar, incluyendo la Pelosi.

Ese es un síntoma inequívoco, según dos analistas venezolanos, de que en EEUU gobierna el establishment; y si en las venideras elecciones presidenciales gana una tolda, o la otra, el resultado será el mismo: las apetencias imperiales se mantendrán inamovibles.

Rodríguez y el ADN imperial

“En ese marco hay que entender que hay diferencias, en algunos casos profundas, sobre todo en cuanto a la política social y la política impositiva, entre los partidos Demócrata y Republicano; pero en la política exterior ellos coinciden plenamente”, resalta el consultor e internacionalista Sergio Rodríguez Gelfenstein.

Sergio asegura que una cosa es hablar del establishment y otra hablar de Trump, quien es un outsider y, por tanto, no tiene las refinaciones propias de la política ni tampoco hace cálculos, sino que piensa en términos empresariales.

La única salvedad, advierte Rodríguez, es que cualquier cosa puede pasar si se siguen incrementando las tensiones en el medio oriente

“Aquí no hay que esperar que si hay un cambio de Gobierno en Estados Unidos, sea cual sea, habrá una variación en su política hacia Venezuela… Uno tiene que entender que el ADN de ese país es imperial y eso no tiene que ver con partidos ni líderes. Podría cambiar un poco si llegara Bernie Sanders a la presidencia, pero eso no va a ocurrir”.

La única salvedad, advierte Rodríguez, es que cualquier cosa puede pasar si se siguen incrementando las tensiones en el Medio Oriente, “tomando en cuenta que en Venezuela hay aún mucho petróleo y empresas norteamericanas. Esa sí que es una razón de peso para los intereses del Norte”.

Al demócrata Bernie Sanders no lo van a dejar ganar, así gane

La desesperanza de Adrianza

Según Vladimir Adrianza, en Estados Unidos no manda un presidente o un equipo de Gobierno, sino el Estado profundo y los lobbies de las grandes transnacionales que agrupan los intereses de la élite capitalista estadounidense. “Influye significativamente el lobby israelí, en términos económicos y políticos”.

Profesor universitario en las áreas de economía, geoeconomía, geopolítica y relaciones internacionales, así como magister scientiarum en Relaciones Internacionales, Adrianza cree definitiva que “no existen más que matices entre demócratas y republicanos, entre un presidente y otro. El resto de los partidos existentes en ese país no disponen de los recursos —comunicacionales, dinero, etcétera— para influir, por ahora, en el electorado de la nación. El sistema electoral no es auditado ni auditable, y las elecciones no las gana quien tiene la mayoría de votos populares, sino quien tiene más votos electorales, dependiendo de los estados que dispongan de más representaciones. Para una muestra: Donald Trump ganó la presidencia teniendo menos votos populares que Hilary Clinton y George W. Bush le ganó a Al Gore, teniendo el segundo más votos populares”.

 “Uno tiene que entender que el ADN de ese país es imperial y eso no tiene que ver con partidos ni líderes”.

(Sergio Rodríguez Gelfenstein)

El mundo debe temblar. Según la revisión de Adrianza, Estados Unidos se juega en estos momentos su supremacía mundial, la cual ha retrocedido ampliamente. “Por tal motivo, hará lo indecible por evitar la influencia de otras potencias en lo que considera ‘su hemisferio’… Lo que detiene a EEUU son las fortalezas económicas y productivas, más las capacidades militares, de potencias como Rusia, China, Irán, la ambivalencia política de Turquía; sin dejar de contar, por supuesto, la resistencia de Venezuela ante sus amenazas. No pueden descartarse acciones armadas en esta suerte de guerra de baja intensidad”.

Venezuela en la mira

La campaña electoral por las presidenciales de Estados Unidos van tomando cuerpo y los demócratas ya perfilan una carrera de obstáculos, donde Bernie Sanders asoma un repentino favoritismo en las primeras mediciones por estado. Mientras, Trump vive la resaca de su triunfo en el juicio político y anuncia que gobernará EEUU para siempre.

Un gobierno como el de Venezuela, explica Adrianza, para Estados Unidos es un obstáculo en el control pleno de una región que siempre ha considerado como su área natural de influencia.

A la distancia, nuestro país mantiene una actitud desafiante ante las apetencias gringas, y desestima las amenazas para plantarse en su autodeterminación y vocación libertaria.

Habrá que esperar los días para ver cómo se barajan las cartas de la geopolítica mundial; pero, hasta ahora, nuestro país parece estar presente en la jugada, salga la mano que salga.

EPALE 360