ÉPALE 223 CRÓNICAS
POR MARLON ZAMBRANO • @MARLONZAMBRANO / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

El jueves 30 de marzo amanecí contento, no sé exactamente por qué. Supongo que fue por la sensación de que agoniza la semana y disfruto verla desfallecer lentamente, bajo los zarpazos de una jauría de hienas que rasgan su carne de carroña.

Pero la felicidad se me atragantó entre media arepa y una taza de café al tomar forma el susurro que me estuvo arrullando durante tres meses exactos, desde el televisor que inunda de ruido incorpóreo mi rutina mañanera. “¡Tu compromiso es con Venezuela!”, remató la voz y fue como si un pinchazo hiriera mi corazón enamoradizo a esa hora tan salvaje (7 am).

¿Cuál compromiso? Me interrogué apremiado y levanté un rápido inventario con mis asuntos pendientes más honrosos: Carnet de la Patria, listo; caja CLAP y lo que caiga, plomo; los 100 bolos que me descuenta el partido, rácata; actualización del RIF del consejo comunal, hace años…

Pero la angustia me mantuvo arrinconado hasta que, intentando sacar un lapicero de mi maletín de fablistán, se vino pegada, como por un conjuro de Vielma Mora, una hojita tan gris y pobre, tan llena de ceros y de ecuaciones inútiles que no le di ninguna importancia hasta que sus siglas, “ARC”, ya no me hablaron de las iniciales de una novia del bachillerato talladas sobre una ceiba del parque Los Caobos, sino de una declaración más apremiante porque había chance “hasta mañana”: la del impuesto sobre la renta, conocida popularmente como ISLR o, mucho más entrañablemente, la verga esa.

Como pude aborté una pauta en el centro de Caracas, una reunión obligatoria en alguno de los cuatro empleos con los que resuelvo media quincena, la cola del pan para el almuerzo y me enrosqué en mis 15 minutos de erudición digital, zampándome de cabeza sobre la computadora para formular mi declaración “ooonlaiiiin”.

La operación, que fui escurriendo hasta las últimas horas, como casi todo el mundo, me sirvió para comprobar que Murphy, el que ha condenado todos nuestros finales felices al desagüe apestoso de su ley, en verdad existe, omnipresente como Dios, maluco como el Diablo.

La computadora falló dos veces por un no sé qué del sistema operativo; el Mozzilla Firefox me mandó para el Google Chrome y este me devolvió sin remordimientos; después de 19 intentos pude demostrarle a la página oficial (y a mí mismo) que no soy un robot, sino una persona natural tratando de introducir “el código mostrado en la imagen”, y cuando pensaba que eso estaba resuelto y ya había ingresado tras teclear mi usuario y mi clave, una sensación de puntos suspensivos sostenidos en el aire me trasladaron de la efusión “youtuber”, de campeón de las tecnologías con máster en poses para “selfis”, a la depresión postparto de madre de quintillizos que ha parido de forma natural.

Fue como entrar en el vórtice de un hoyo negro: ni pa’llá ni pa’cá. Silencio absoluto. Inercia. Nanái. Eso se quedó en blanco, o en negro, uno no sabe porque no se ve; pero el sistema se paralizó de una manera tan paralizada que no dio más, hasta sentir, literalmente, al funcionario de guardia pintándome una paloma en el aire con arrebato de world wide web.

Pero soy uno más, lo admito: llamé a mi pana del Seniat para que me hiciera la segunda y le dije que después cuadrábamos.

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