receta dulce de lechoza

POR MALÚ RENGIFO . @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN MALÚ RENGIFO

Cinco años atrás, en la época lejana —cuando aún se publicaba “Recetario del Pelabola”, que era muy, muy parecido a este, el Recetario de Malú, solo que para entonces yo aún no tenía conciencia de clase—, iba esta servidora caminando por la acera sur de la avenida Francisco Solano y pude advertir que, frente a un edificio residencial que queda cerquita del restaurante Rías Gallegas, había un quiosquito. Y al lado de ese quiosquito había una mata de lechosa cargadita de lechosas verdes.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y da la casualidad que, recientemente, he visto matas de lechosa cargaditas en dos sectores bien distantes de la ciudad: en el legendario 23 de Enero, donde mucha gente se ha puesto seria en sacarle provecho a cuanto lotecito de tierra ocioso hay por ahí; y también en los patios de las casas de Los Chorros, donde aún queda gente que, en vez de pasarle cemento por encima a su jardín, le lanza los residuos orgánicos a la tierra para abonarla y, ¡zaz!, milagros ocurren.

Entonces, si yo sé de tres o cuatro espacios donde hay matas de lechosa cargaditas en Caracas, a usted no le resultará difícil encontrar otros tesoros como ese y sustraer sigilosamente una lechosita verde, dándole gracias a la Pachamama, para luego proceder a realizar un dulce tradicional muy sabroso, navideño y fácil de hacer, para compartir con su familia, para regalarles a sus vecinos y amistades y hasta para venderlo.

¡MANOS A LA SIEMBRA!

No, mentira, vamos a ponernos serios: agarrarle las lechosas a la mata del prójimo es pecado capital (jejejé), así que mejor agarre usted la placita más cercana, el pedacito de tierra que más pronto se tropiece y eche unas cuantas semillitas a poca profundidad. Un poquitico de agua por aquí y por allá, y en pocos días podría tener una bonita sorpresa. Las lechosas llegarán en más o menos un año, y entonces lo que hará es agarrar uno de esos frutos verdes y hacerle unas heriditas largas con un cuchillo por toda la piel, para que bote toda la leche posible, por una hora. Este paso es un misterio: yo no sé para qué sirve, pero mi bisabuelita me lo enseñó y capaz si uno no lo hace el dulce queda horripantoso.

Una vez transcurrida la hora, pele toda la lechosa, sáquele las semillas y córtela en lonjitas de medio centímetro de grosor. Ponga las tiras en una bandeja y proceda a ejecutar otro paso misterioso: déjelas al sol un par de horas (mi bisabuelita nunca hacía dulce de lechosa por la noche. El sol es un ingrediente clave, aunque no sepamos para qué).

Ya pasaron las dos horas. Ahora meta las julianas de lechosa en una olla, cúbralas de agua, écheles bastaaaaante azúcar —mucha, muchísima, como medio kilo—, póngale también una panela de papelón, unos cuantos clavitos de olor y deje cocinar a fuego lento por bastante tiempo, hasta que el almíbar esté espesito y la lechosa se haya puesto traslúcida.

Último paso: si el dulce es bastante puede envasarlo calieeeente en unos frascos de vidrio con tapa metálica para que, al enfriarse, generen vacío y se le conserve el dulce por muuuucho tiempo.

ÉPALE 307 

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