ÉPALE250-CRÓNICAS PEATONALES

POR ANDER DE TEJADA / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Recuerdo haber entrado en ese hoyo y haber sentido los vapores del centro de la Tierra como un choque directo y doloroso que me alejaba de la fría noche de Caracas pero que, al mismo tiempo, aliviaba el miedo de estar en ella. Recuerdo haber bajado por las escaleras de concreto y no por las mecánicas, y haber corrido hacia los torniquetes para hacer todo lo antes posible y cumplir con un refrán que parece muy obvio, pero que de vez en cuando hay que recordar: “Mejor temprano que tarde”, es decir, mejor aguardar en el andén con la esperanza de que poco tiempo después se sentirá la brisa que inyecta el vagón al pasar desde la estación de origen, y que se derrama sobre uno en la estación de destino. Mejor eso, digo, que hacer ese recorrido que en cierto modo metaforiza todas las frustraciones de un ser: cuando bajas corriendo las escaleras, aplicas el sprint en el último tramo, pero escuchas el pitido que anuncia el cierre de puertas seguido del rumor casi espacial del primer movimiento del tren. Y tú atrás, desamparado, miedoso ante la incertidumbre que genera la insospechable tardanza del siguiente.

Ese día llegó una madre con tres hijos. Los cuatro parecían víctimas de una revolcada en los suelos más sucios, que algunos dicen se encuentran bajando unos 200 metros hacia el sur de Capitolio. Debido al vacío dentro del Metro, se sentaron en las sillas marcadas para la tercera edad y ahí iniciaron una conversación indetenible. El vagón cerró sus puertas como debía hacerlo y los niños, como si en cierto modo la puerta simbolizara el límite entre lo público y lo privado, alzaron sus voces progresivamente hasta acaparar toda la atención. La madre no se molestó sino que, al contrario, se emocionó con la algarabía infantil. De pronto el rol se difuminó en la escena. Comencé a pensar que, quizás, se tratara de una hermana mayor y no de una madre. Poco les importaba a los niños cada vez que el tren aceleraba, cada vez que el aumento de la velocidad se burlaba del equilibrio de sus cuerpos; poco les importaba, incluso, estar en el Metro un día de semana a esas horas de la noche y no jugando en la casa: sus manos recorrían los tubos de metal grasiento y después paraban en sus bocas; sus dedos tocaban el piso más pisado de Caracas y se volvían a impregnar de saliva. La madre reía. Los niños reían. Había un interesante ambiente en aquel círculo con sabor a fiesta. El niño más pequeño llevaba una camisa que apenas le cubría la barriga inflada y el ombligo salido. Su sonrisa era la de un ángel y su rostro hubiera podido figurar en cualquier publicidad palurda de jamón nacional. Sin embargo, como dominado por el entorno, por los clamores de la rumba, por el clima, por la ubicación, por la clase social o por el simple hecho de ser niño, plegó las rodillas cual si durmiese un balón con el pecho, abrió las manos como si cargara dos bandejas en las manos, arrugó la cara como si la pasión lo desbordara de locura, le acabara la normalidad, y soltó, en medio de un movimiento de caderas desgarrador:

Tengo tu foto / pa’ volverme loco / pensando en ti / solamente en ti / mi corazón roto.

“Loto”, dijo, porque a esa edad no importa si las letras son correctas.

Otro de los niños, al ver a quien presumo su hermano, se unió a ese baile que sonaba como un soplido dentro de nuestras bocas de peatones cualesquiera. El reguetón en la mente, en el cuerpo, moviéndose a mil ciudades por hora mientras el tren batía sus récords de velocidad antes de meter el frenazo certero —y en cierto modo sabroso— que suele meter pasadas las 8 de la noche. Los niños todavía sonriendo. El reguetonero Ozuna metiéndose sus lucas al hablar, en su idioma, de la estrecha y agridulce relación entre el amor frustrado y la masturbación. Yo fundiéndome en la noche, riéndome a carcajadas por dentro pero manteniendo la cara que he aprendido a ensayar también pasadas las 8. El operador terminando de frenar la máquina y la madre de los niños, junto antes de pararse del asiento, regañando al más pequeño, al precursor de la danza sexual:

—Ah, pero la del abecedario ni de vaina te la sabes.

 

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