POR CÉSAR VÁZQUEZ / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE273-MITOS 2Si hay un lugar de donde no se regresa jamás —o al menos no se sale, ileso o sin despeinarse—, ese lugar es el ridículo. La sensiblería, que se desprende del folclore de los sentimientos y del maratón exacerbado de la nostalgia, se devuelve con una sonrisa irónica para aventarnos, pavosamente, una primera cachetada. El miedo al ridículo, del que se alimenta la vergüenza, nos ha perseguido desde el momento en que nos hemos disgregado de la manada como animales políticos. Se trata de otro tipo de vértigo, uno que toca la estatura del espíritu de las épocas, un salto cuántico hacia la disrupción del buen gusto y del estilo, que se ve amenazado por la sublimación empalagosa de una pasión descolocada.

No es una coincidencia que la cursilería, como producto de lo cursi, surja etimológicamente y tenga como telón de fondo el romanticismo del siglo XIX.

Para la Real Academia Española, el término posee tres acepciones: “Dicho de la persona que presume de fina y elegante sin serlo”. “Aplícase a lo que, con apariencia de elegancia o de riqueza, es ridículo y de mal gusto”. “Dicho de los artistas y escritores, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados”.

DE LA ANTIMODA A LA CULTURA POP

El amor cursi se ha cosificado como un objeto de culto para algunos —los más osados—, o de desprecio y rechazo para otros. Lo cursi se ha convertido en el elogio de la cultura kitsch, una mala copia del refinamiento de las élites y de la reproducción en serie de lo que se considera “mal gusto”.

El término ha sido urbanizado por el periodismo de la época y aparece por primera vez en un artículo de la revista La Estrella de Cádiz en 1842, titulado “Un Cursi”, que proviene de la tradición oral y se trata del estribillo de una copla que, al ser pronunciada y repetida rápidamente, origina la palabra “Las niñas de Sicour,  Sicur, Sicur, Sicur…”, como si se tratara de una antesala al dadaísmo. Sicour era un sastre francés que vestía a sus hijas con las prendas que confeccionaba para la gente de “clase”, pero en ellas, dice el mito, se apreciaba de forma grotesca.

El crecimiento de la clase media hizo que lo cursi implosionara y terminara siendo asimilado por la sociedad de masas.

NO TODO LO QUE CONMUEVE ES CURSI Y NO TODO LO CURSI VENDE, DETRÁS DE BASTIDORES SIGUE QUEDANDO EL GRAN ENIGMA Y SU IRRESOLUBLE NATURALEZA

Atomizado como una mercancía barata a través del tiempo, el amor cursi ha alcanzado por sí mismo un estilo propio, su naturaleza romántica y endémica ha permeado los sentimientos más nobles para construir una representación estereotipada del amor.

Afortunadamente, no todo lo que conmueve es cursi y no todo lo cursi vende, detrás de bastidores sigue quedando el gran enigma y su irresoluble naturaleza. Ante la creciente mercantilización de las emociones existe la dificultad o la imposibilidad de pensar —menos mal— en una definición real y concreta del amor —en eso se nos puede ir la vida—, o por lo menos en un consenso alrededor de una definición posible, que no se puede graficar como un corazón atravesado por la flecha de un querubín que va cazando almas solitarias, o que se levante desde el Taj Mahal la promesa amorosa, la séptima maravilla del mundo que se adorna con un ramo de flores y de globos rojos para calibrar la chispa adecuada y la medida inflamada de la pasión por el ser amado.

Dentro de toda esta parafernalia de estereotipos postizos, que se venden como barajitas de un álbum incompleto, no hay eslóganes posibles que puedan colmar la inconmensurable forma del amor.

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