El asco por la multitud

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Por un desvarío que no voy a detallar, me agregaron al grupo de WhatsApp de unos periodistas opuestos al Gobierno. Pensé en desagregarme, por un asunto que tiene que ver más con el espacio que con la paciencia, pero me detuve frente a la pestaña “Salir del grupo” en el justo instante en que llegaba un mensaje urgentísimo: los colectivos están invadiendo casas por San Bernardino.

Yo, curado de espantos desde hace rato, sabía que era el mismo fake news que viene rodando desde el mismísimo día en que Chávez juró sobre aquella moribunda Constitución. Además, quería saber cómo terminaba el chisme, así que me quedé.

Descubrí un hecho por pura inferencia: una cosa es un opositor político, de esos que dignamente contradice nuestros preceptos ideológicos con argumentos, y otra es ser escuálido, que no es más que la fase superior de la estupidez. Mis colegas del grupo son escuálidos, de los más involucrados, de los que se mueven arrastrados por la inercia.

Luego del mensaje se desató un chaparrón de lugares comunes mezclados con desprecio por la comprobación empírica, con lo que los del grupo dieron por sentada la autenticidad de la información sin fuente ni vocero, que no fuera el susurro de la comadre de una prima que escuchó decir que una vieja quiso ingresar, por la fuerza, a la casona solariega de los Berecoechea de la Serna en la avenida Vollmer, con un tricolor a cuestas.

Por 20 años, la organización social de base, reunida con criterios y metas comunes en torno a luchas socioculturales bajo un espíritu de horizontalidad, ha sido estigmatizada por la derecha, por el hecho de representar un peligro para sus intereses mercantiles individuales y, por supuesto, ser una afrenta a su posición de clase.

Desde los días de las Mesas Técnicas de Agua, que instituyeron el suministro del servicio hacia los barrios populares de Caracas, la colectivización —en medio del chavismo— ha servido para emprender pequeñas batallas y causas homéricas a favor de los excluidos, hasta obtener peso legal y mandato histórico en pro de la construcción del estado comunal.

Pero he ahí que la simplificación, a través de los estereotipos urdidos por una red de desprecio racista y revancha política, los ha arrastrado hacia el señalamiento permanente, antes como cimarrones o monos, hoy como hordas y colectivos “armados”, encomendados en tareas tan diabólicas como secuestrar niños para exportar sus órganos a Cuba, u organizar una gran batida de invasión generalizada sobre las viviendas de la capital.

Amigos, familiares y allegados colectivistas, desde agricultores hasta señoras que cosen, han reflexionado en torno al tema y coinciden casi siempre en una misma opinión: ser escuálido es más bien un apostolado.

ÉPALE 398

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2021