El asesinato considerado como una de las feas artimañas

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

El teatro ha tratado, desde múltiples enfoques, crímenes de todo tipo; asesinatos terribles y asesinos de la peor calaña cubren más de la mitad de los mejores cuentos y personajes del patrimonio dramatúrgico de la humanidad.

Que se hayan producido tantas muertes violentas de la mano de los mejores poetas de la historia teatral tiene que ver con una necesidad que le es propia al teatro: la de rebasar los límites, la de llevar los conflictos  a sus últimas consecuencias, la de conmover el alma y la memoria del público y tratar de que esta conmoción ejerza una transformación en las personas que presencian el drama. Por ello, ningún asesinato en los clásicos teatrales se lleva a cabo de forma torpe, insensible, insustancial… todos ellos, no sólo traen consecuencias en el entorno de los sucesos, sino que devienen de una situación en la que las relaciones alcanzan una tensión dramática, en donde el espíritu de cada uno de los personajes se entreteje y escudriña en lo profundo de sus corazones. Y durante el hecho hay como una hipnosis en la que la cuerda se estira hasta romperse. Ni el que muere ni el que queda de pie vuelven a ser los mismos, tampoco los actores que lo representan ni el público que presencia el espectáculo.

Cosa distinta es un tipo drogado, o vaciado de toda piedad, que mata en un atraco porque lo contiene una violencia perversa. Asesina sin que le signifique nada. Y la víctima ni se imaginaba, minutos antes, que su destino estaba sellado en el acto inconsciente de un delincuente deshumanizado. Una muerte devenida de un evento como ese no es un hecho trágico: es horroroso, condenable; pero así como la vida y la muerte dejan de tener sentido lo único que trasciende es la nada, y el único sabor que queda es la amargura.

Cuando Trump planifica con un pequeño grupo de colegas el asesinato del general iraní Qassem Soleimani, lo hace con la misma falta de espíritu, la misma perversidad con la que un maleante mata en una esquina oscura. El autor intelectual y los autores materiales lo hacen sin siquiera pensar en la vida: son perversos. Por ello, carecen de explicaciones reales. Emiten, en tono de conferencia, excusas tan inconsistentes como lo es, para ellos, el acto de matar. “Lo asesinamos para parar la guerra”, “Lo asesinamos porque era absolutamente necesario para mantener el equilibrio en la región”, cuando en realidad el motivo es el del malandro que necesita unos reales para drogarse, es decir, sostenerse en el poder, que es su más fuerte adicción. No hay pasión ni verdad en estos asesinos. Son una calamidad, ni siquiera inspiran una buena obra de teatro.

ÉPALE 355