El Atila de Ocumare Del Tuy

POR RODOLFO CASTILLO / ILUSTRACIÓN ERASMO SÁNCHEZ

La figura del pulpero de pueblo en la Venezuela de la colonia tuvo particular significación. Por lo general, se trataba de un pequeño comerciante que mantenía contacto permanente con los esclavos de las haciendas aledañas, con los llaneros, con la gente del pueblo llano, lo que le permitía forjar una suerte de incipiente cuadillaje. El pulpero tenía un papel social de la misma importancia del párroco y del jefe civil, lo que le confería un estándar de punto intermedio entre lo legal y lo religioso; además, su camaradería lo convertía en el compadre de todos y todos le debían algo.

Francisco Rosete, el pulpero de Taguay (estado Aragua), era un español no peninsular: era de origen canario, con la discriminación que esto implica en la compleja estructura de castas colonial. Por otra parte, y en palabras de Juan Vicente González, era “rechoncho, de una blancura sucia, coronábale una calva innoble, dos ojos desiguales y saltados acechaban desde las sienes y arrojaba de los abismos de su pestilente boca amenazas y blasfemias”. Es decir, toda una apología a la ordinariez. Por esta semblanza desprovista de linaje la familia Istúriz, en 1813, lo acusa ante la Audiencia de Caracas por haberles agraviado profiriendo mueras contra ellos. Humillación esta, junto a otras, que calaría hondamente en el desarrollo de su cruel personalidad.

Cuando estalla la guerra, y tras la promulgación del Decreto de Guerra a Muerte, toma partido por el bando realista (Eusebio Antoñanzas le confiere la autoridad de Camatagua en 1812 y lo nombra Teniente de Justicia Mayor). Una vez triunfante Boves en La Puerta (03/02/1814), entre la columnas que forma para seguir su ofensiva sobre Caracas le asigna a Rosete la de los valles de Tuy (punto estratégico para el traslado de alimentos hacia la capital).

El caudillo canario al mando de hordas integradas por blancos pobres, negros, cimarrones, peones y manumisos que no combatían en favor del rey, sino contra la oligarquía criolla entraría en la Historia de Venezuela el 11 de febrero de 1814, en lo que se conoce como La Matanza de Ocumare. El presbítero del pueblo, Juan José de Orta, testigo de excepción, relata: “Rosete sometió a esta localidad a una guerra de aniquilación. Casa por casa, la matanza comenzó desde los ejidos del pueblo, desde los conucos más lejanos. Sus secuaces cortaron las orejas, brazos, piernas y partes íntimas a los hombres. A las mujeres les cortaron los senos y los clavaron en las puertas y ventanas de las casas que no fueron quemadas”. Las tropas de Rosete, tras robar y saquear el pueblo, se ensañaron contra el recinto religioso: sólo en la iglesia de Ocumare dejaron un saldo de 300 muertos.

La degollina del mísero pulpero devenido en conductor de tropas dejó un panorama desolador y dantesco: fragmentos de cuerpos humanos, manchas de sangre, despojos sin formas; un brazo aquí, una pierna allá, cuerpos descabezados más allá; cadáveres de hombres y mujeres que fueron desollados. Muerto en la Sabana de El Juncal el 27 de septiembre de 1816, Francisco Rosete fue un atroz ejemplo del carácter y la ferocidad de la Guerra de Independencia en Venezuela.

ÉPALE 347

JOIN THE DISCUSSION

ten − 3 =