El atribulado mar de Alfonsina Storni

Alfonsina Storni Martignoni nació el 22 de mayo de 1892 en Sala Capriasca, Suiza, durante un viaje de negocios familiar. Lleva una vida de avatares y desventuras. Menor de tres hermanas y con una azarosa vida en el seno de una familia de comerciantes de poco éxito. Su padre alcohólico muere en su juventud y cambia el panorama. Su madre, Paulina, se casa de nuevo y se traslada a Butinza, donde continúa con su oficio educativo de música y canto, influenciando a Alfonsina, quien se traslada a Coronda para estudiar Magisterio mientras trabaja como celadora en escuelas. La disfuncionalidad de su familia la mantiene en condiciones económicas apremiantes casi toda su vida. Entre los muchos trabajos ocasionales que llevó a cabo resalta el de tempranas escapadas para cantar en un teatrillo como corista.
Rápidamente desarrolla un profundo resentimiento contra los hombres cuando su primer desengaño, un hombre casado, mayor que ella, la deja embarazada. Avergonzada ante los prejuicios provincianos de la época, de creciente desprecio hacia la sensibilidad poética, Alfonsina se refugia en Buenos Aires y da a luz a Alejandro el 21 de abril de 1912, cuando tenía 20 años. Resulta afortunado e irónico que su reivindicación amorosa aflorara en brazos de quien, también, fecunda la noción del suicidio como un camino a la dignidad en el dolor y la penuria: el más narrador que poeta, pero no menos prolífico y acosado por tormentos y deventuras, Horacio Quiroga.
Entre los diversos trabajos apresurados y mal pagados que praticara en la vida, antes de hacerse educadora, está el de cajera en una tienda, donde colabora en revistas y trabaja como corresponsal psicológico. En esa oficina escribe su primer libro de versos: La inquietud del rosal; se lo enseña al poeta Felix B. Visillac, quien consigue que sea publicado. La revista Nosotros elogia el poemario y, desde ese momento, la poetisa argentina entra en el círculo literario de la revista y en el imaginario de una época. Se hace conocida y admirada, pero sigue teniendo problemas económicos. Es nombrada directora de un colegio, mientras allí trabaja escribe su segundo libro: El dulce daño. En marzo de 1918 los nervios la obligan a dejar su puesto de directora y vuelve a entrar en los círculos literarios. Publica su segundo poemario y colabora en la revista Atlántida, mientras trabaja como celadora en un colegio. Sigue publicando poemarios que aumentan su fama, hasta que en 1927 monta su primera obra de teatro: El amo del mundo.
Su constante asedio nervioso se manifiesta, al fin, de manera irreductible en un cáncer de mama que le operan de manera aparentemente eficaz, pero con una réplica, acaso incentivada por una condición que va entre la hipocondría y la depresión psicosomática severa. A la par, tiene una producción irrefrenable de textos como:
“Y ya nada tendrá más que el deseo
pues la luna será otro mausoleo.
En vano querrá el bloque mover bocas
para tragar los hombres, y las rocas.
Oír sobre ellas el horrendo grito
del náufrago clamando al infinito”.
El 25 de octubre de 1938 hallan el cuerpo de Alfonsina Storni en la playa de La Perla, en Mar del Plata, donde se arroja voluntariamente menos de dos años después que lo hiciera su amante, amigo y narrador Horacio Quiroga.
Su memoria pasará al imaginario imperecedero de quienes nos criamos escuchando la voz de Mercedes Sosa cantando “Alfonsina y el mar”

POR Argimiro serna / lustración ERASMO SáNCHEZ