El beisbol es un patrimonio cultural

El beisbol profesional es un bien cultural de los venezolanos, tan auténtico y valioso como los Diablos Danzante de Yare o la festiva Parranda de San Pedro en Guatire, que por iniciativa del Ministerio de Cultura fueron acogidas por la Unesco y declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Este deporte tiene más de un siglo de historia en Venezuela. Sus raíces son tan profundas y arraigadas en el alma del país, que no hay un solo venezolano que de alguna u otra manera no esté impregnado de la cultura beisbolera; presente de manera muy singular en el habla cotidiana de la gente con expresiones salidas del diamante como “estás ponchao”, “te pasaron por bolas”, “la sacaste de jonrón” y otras similares.

Así que la lucha que, desde el año pasado, viene dando el Estado venezolano con el propósito de que la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP) cuente con todas las garantías necesarias para celebrar el campeonato es una tarea que debe ser acompañada por todo el país.

El respaldo del Gobierno Bolivariano para gestionar los protocolos internacionales de bioseguridad en la toma y procesamiento de las muestras de PCR en la Liga Futve y la Superliga de Baloncesto, permitieron que los torneos profesionales de estos dos deportes enfrenten con éxito la otra batalla que libra el planeta para controlar y reducir a la mínima expresión los contagios por la letal covid-19.

Pero a diferencia del fútbol y el baloncesto, regidos por las normas universales que establecen la FIFA y la FIBA, la LVBP y el resto de las ligas del Caribe perdieron su autonomía. Su funcionamiento depende estrechamente de los desventajosos acuerdos invernales establecidos por Mayor Leage Baseball (MLB), que cada vez agrega más trabas para que sus peloteros, árbitros y personal técnico participen en el beisbol del Caribe y del Pacífico.

Ya no necesitan la LVBP y el resto de las ligas de la región para terminar de pulir las herramientas de los candidatos a grandeligas. Para eso funcionan las maquilas de peloteros llamadas “escuelas de beisbol”: instituciones gestionadas por cientos de entrenadores y buscadores de talentos que proliferan de manera silvestre en nuestro país. Allí se formaron nuevas estrellas como Ronald Acuña Jr. o Gleyber Torres, quienes ni siquiera jugaron un solo partido en la LVBP para alcanzar la cúspide en los Bravos o en los poderosos Yanquis.

Mientras no sean los propios equipos de la LVBP los que produzcan sus propias canteras de jugadores, como ocurre en Japón y Corea del Sur —que, además, imponen condiciones para la firma de sus peloteros—, el garrote de la MLB siempre estará golpeando para endurecer los acuerdos invernales, lo que pone en peligro ese patrimonio común llamado beisbol.

POR GERARDO BLANCO • @GERARDOBLANCO65
ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO