El beso: 146 músculos después

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Yulia Pino@arte_moon88

Para besar hay que usar 34 músculos faciales y 112 músculos posturales. De hecho, el que más importa es el músculo orbicular del oris, el mismo que sirve para fruncir los labios antes de pasar al siguiente nivel que es el beso francés, ese que se estampa con sacudida de lengua y que antecede a ese otro beso indescriptible que merece otro artículo: el beso negro.

Nada de eso lo explica el cancionero popular: “En un beso la vida/ Y en tus brazos la muerte/ Me sentenció el destino/ Y sin embargo prefiero verte” lloraba Orlando Contreras frente a la efectividad feroz de un beso. O, “la puede usted besar en la mano/ o puede darle un beso de hermano/ y así la besará cuando quiera/ pero un beso de amor, no se lo dan a cualquiera”, que es el caso de la española cuando besa, nada que ver con la venezolana que, cuando lo hace, desata las fuerzas contenidas de las depresiones intertropicales del Caribe.

Lo raro es que cuando la conocí le tuve que robar un beso. Práctica extendida entre nosotros los urbanitas aburguesados, el ajetreo de las avenidas nos acostumbró a ensayar el beso como acto fundacional. Nadie se pone a analizar (¿y para qué?) que el beso brota de esa necesidad de tacto labial que deriva de nuestra más tierna infancia, y que se romantiza cuando lo despojamos de sus connotaciones bárbaras y le agregamos un hálito místico de
summum del amor.

Besar, además de estimular lo erógeno por el despliegue de terminaciones nerviosas de los labios, es casi un acto civilizatorio. Al menos, entre nosotros los de la mitad del mundo conocido y estandarizado, desde los días en que un comportamiento parecido se registró según unos textos hindúes escritos en sánscrito védico hace como 3.500 años.

Ese beso, porque de los otros, como el mordido, el de piquito, en el pezón, “por allá”, 69, negro, de payaso, etcétera, quién puede saber su origen, su evolución y cuánto han contribuido a generalizar la domesticidad de los amantes en un mundo cada vez más ensimismado.

Lejos estaba yo de suponer que tendría que arrebatarle oxitocina, endorfina y dopamina en un rápido escarceo y de un jetazo espontáneo, la tarde de nuestra primera vez. Si bien fue un acto suicida en medio de la plaza, sirvió a la vez, como toda cruzada heroica, para poner los puntos claros y sembrar las dudas, porque nada mejor que armar un desmadre y dejar eso así a ver qué pasa.

No fue que no quisiera besarme, me confesó luego, sino que estaba probando mi osadía frente al busto obnubilado de Omar Khayyam, el poeta persa que reina en el Foro Libertador, quien me vio en caída libre estirar los labios como pico de pato y desplegarme hasta más allá del equilibrio, para atrapar como si nada esos labios sorprendidos que se dejaron chamuscar como quien dice “no me cógeme”, típico de la dialéctica estrambótica del amor que nace y anda pendiente de reproducirse.

Sencillamente hurtamos, con alevosía, porque más allá de los manuales que norman las formas de besar, vivimos días tan asépticos y prejuiciados que necesitamos del beso como quien amerita arrancarse el tapabocas para respirar.

En la hora loca del Coronavirus, quien se haya enamorado a partir de marzo de 2020 y mantenga encendida la llama de la pasión, con besos y todo, merece el reconocimiento de la historia. Ha sido año y medio de besarse con miedo, de conectar sus labios sujetos de la incertidumbre frente a la posibilidad invisible de que borbotee la partícula virulenta de la Covid-19, tránsfuga entre las bocas y tóxica dentro de nuestros sistemas respiratorios  en las postrimerías de un colapso pulmonar.

Y vaya resistencia: sin poder abrazarnos donde nos dé la gana; con temor a bañarnos bajo la lluvia no venga y nos agarre una gripe que termine con una neumonía severa bilateral; esquivando salir a cenar o a bailar sea flexible o radical la semana; con temor a desplazarnos a la playa frente al rugido acusador de los pitos de los socorristas de La Guaira devenidos en Baywatch sanitarios; atentos al rosario de estadísticas de contagiados y fallecidos por día; sujetos a las mutaciones de la cepa; olorosos a cloro y alcohol; desinfectados hasta en nuestras más prometedoras cochinadas. Y lo que es peor, en muchos casos implorando la solvencia imposible de los servicios de telefonía móvil y fija y las cableras con señal de internet para que la comunicación no termine por transformarse en un incesante coitus interruptus.

Hijos santificados de la cuarentena, le robé ese beso con la entrada en vigencia del decreto N° 4.160, mediante el cual se declara el Estado de Alarma en todo el Territorio Nacional, en cuyo artículo 10, se ordena el uso obligatorio de mascarillas que cubran la boca, y la nariz.

Por cierto, después sí me quiso besar y es más, ahora es experta.

ÉPALE 427

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