ÉPALE 233 CRÓNICAS PEATONALES

POR NATHALI GÓMEZ • @LAESPERGESIA / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

La noche parecía que iba a ser tranquila. Los planes, en principio, eran felicitar a la preñada por su cumpleaños y conmemorar aquel pedazo de torta que, por su aporte de azúcar, nos mantuvo despiertos hasta las 6 de la mañana. Después de cumplir con el protocolo —los apretujones, no comer más de tres pedazos de torta para no parecer lambucios y los buenos deseos para la cumpleañera y la cría por venir— decidimos volver a la casa. Vivimos en Candelaria, zona en la que, a la hora que nos regresamos, es decir, las 10 de la noche, lo habitual es ver la mirada neurótica de quien pasea el perro o una pareja errante que aprovecha cualquier rincón para el toqueteo de ley. Cuando nos faltaba una cuadra para llegar, fuimos sorprendidos por el resplandor de una barricada y el chillido de la policía que, sin duda, alteraron el pulso cardíaco de la concurrida zona.

Las decisiones tienen que ser rápidas: achicharrarse con el candelero de la guarimba, respirar lacrimógenas, tratar de dialogar con un encapuchado sobre la Constitución y el verdadedero significado de la libertad de tránsito o correr. Evidentemente, nos fuimos por la última opción, menos heroica pero más cumplidora. Para lograr ese objetivo, más ambicioso que la toma de Constantinopla por los turcos, tuvimos que peinar la zona y alejarnos unas cuatro cuadras de la casa. Esa noche esbozamos una nueva teoría filosófica: “Para llegar hay que alejarse”. La caminata fue larga: me sentía en Catia y apenas estábamos a unas cuadras de la plaza Candelaria. Según nuestro razonamiento: si intentábamos caminar por las calles más “tranquilas” podríamos bordear el edificio y llegar invictos a la puerta.

Apenas pusimos el pie en la cuadra que habíamos elegido, empezaron a bajar unos policías en moto. En nuestra penosa situación, más allá de alegrarnos ante la posibilidad de sentir que el plan de patrullaje nocturno era una realidad sin necesidad de llamar a nuestro cuadrante, la cosa se puso fea. Toda la cristalería curdera de nuestros vecinos fue a parar contra nosotros. No teníamos casco ni moto, así que tuvimos que optar por la opción más votada por las personas en peligro: volver a correr.

Mientras nos creíamos Usain Bolt, las bombas lacrimógenas que les lanzaron a los vecinos dificultaron nuestra respiración y rendimiento y quedamos detrás de la ambulancia. El lagrimero nos hizo parecer espectadores de un drama mexicano, de esos que daban en cine continuado. Sin embargo, como el llanero es del tamaño del compromiso, volvimos a la carga. Solo había que alejarse más, sin llegar a Propatria, para estar en la casa. Así lo hicimos. Cada grito se nos encajaba en las costillas y cada posibilidad de que reapareciera la patrulla y la lluvia de botellas nos hizo afinar los sentidos. En medio de una humareda abrimos la puerta. Si hubieran estado filmando una película de terror, Béla Lugosi nos hubiera invitado a pasar. Entre las lágrimas, la tos y el amor, cosas que según los avisos de las camioneticas son inocultables, llegamos a nuestros dominios. Al entrar, fuimos a ver el Twitter para comprobar si era verdad todo lo que nos había ocurrido. En estos tiempos de posverdad, uno no sabe si lo que le pasa, le pasa.

 

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