El cien dribla con sus tumbadoras y su tren cargado de talento

Swing Latino

Del baloncesto a la música, este percusionista ha logrado con su sencillez y talento alcanzar una importante trayectoria retumbando los cueros

Por Natchaieving Méndez  ⁄  Fotografías Jesús Castillo

De estas cosas de la vida y lo que hay después de ella. Revisando algunos archivos, un audio con la risa contagiosa de dos caballeros detuvo mi exploración: Ángel Méndez (†) y Orlando José Escalona se encontraban en una entrevista o, mejor dicho, en una conversa entre panas.

Fue a mediados de 2018, pocos meses antes de que el inquieto Méndez decidiera marcharse a esa rumba pa la que vamos todos en algún momento, cuando cerramos el ciclo que venimos a cumplir. Escalona, conocido en el ámbito musical como “El Cien”, tenía un toque ese día y el periodista, como siempre, aprovechó la ocasión de indagar sobre un conguero amigo a quien había seguido por algún tiempo en los toques salseros caraqueños, especialmente los que tenían lugar en el 23 de Enero.

Ambos nacieron el mismo mes y año: marzo 1950, sólo que el percusionista llegó un 12 y Angelito cinco días después. Un motivo para las carcajadas y las bromas entre panas. Méndez comenzó la entrevista con la pregunta evidente:

“Hermano ¿cuándo comienzas tú y por qué decides meterte en esto?.

Comencé, prácticamente, como en 1965; tengo como 50 años en esto (música). Mi padre tocaba la guitarra y desde pequeño me gustaba la música, igual que a él. En una tarde de esas, oyendo música de salones, se me fue metiendo esa música y en un momento que ni esperaba oigo al maestro Billo (Frómeta), su orquesta, y me gusto la manera, la forma como ejecutaban los instrumentos. Luego, oigo a Orlando Marín y me quedo impresionado y digo: Nada, yo como que nací pa esto. A los tres días agarré un tobo y empecé a darle a mi tobo. Como cosas de la vida estaba el maestro cubano, el negro Pedro Juan Pachá, de San Agustín, y me dio clases aquí, en la Baralt, una hora diaria respondió El Cien, quien luego me comentó que su mamá también cantaba, que a los 14 años ya él tocaba percusión y a los 15 ya estaba montado con grupos.

En esa entrevista, El Cien no le contó a Méndez, en la época que le relataba, que en su visión sobre el futuro no veía una tumbadora, sino un balón de baloncesto. Y mira que tenía razones, pues jugó con grandes jugadores y en equipo profesionales, pero la música prevaleció sobre el deporte.

En el Bloque 3 de Propatria comenzó el camino artístico de El Cien y, desde allí, se proyectó a otros espacios. Una vez picado por el gusanillo musical, y recibidas las enseñanzas del cubano, Escalona conformó un sexteto al estilo Bailatino.

“Después de que en Propatria ya estábamos organizados me llama Andy Rosario, que es ahorita mi mánager, y me propone hacer una orquesta de Propatria con la que marcamos historia; duramos seis, ocho años. Ahí me empezaron a llevar y a llevar y, cuando me percaté, estaba en otras agrupaciones. Toqué con Los Dementes, con el maestro Federico (Betancourt); hice quites en la Dimensión Latina, con Los Melódicos, con la Billos. Hice uno con Cheo y Memo y me engallegué”, le contó Escalona a Méndez, entre risas.

En este trajinar por los géneros musicales, una invitación del maestro Natividad “Naty” Martínez lo ancló, definitivamente, en puerto salsero. Desde entonces, la historia es conocida: conciertos, fiestas, celebraciones y mucha salsa.

Hace cerca de diez años El Cien decidió armar su tren salsero y, desde allí, mostrar con su orquesta un sonido que ha afinado gracias al contacto con grandes artistas como Carlos “Tabaco” Quintana, Junior González, Naty, entre otros, en espacios como La Descarga de los Barrios y una infinita cantidad de toques que foguearon su oído rítmico.

En la actualidad, Escalona tiene como meta sacar la tercera producción de su orquesta (El tren de El Cien salsero), y para ello cuenta con la compañía de una de sus hijas, quien lleva una de las voces. Su visión: ofrecer al público buena música con la versatilidad que le ha dado la gran universidad de la experiencia, que lo ha llevado hasta tocar las castañuelas. Y aunque la grabación de la que hablé al inicio tuvo escasos siete minutos, la amistad y la admiración perdura entre dos panas cuya risa siempre guarda una historia. Más na… ¡Saravá!

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