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POR REINALDO GONZÁLEZ D. @ODLANIERØØ / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA

El anaquense Alí Jacinto Rondón es vigilante del pasaje San Jacinto desde hace “12 años más o menos”. Él también recuerda que para comer en el restaurante El Congreso no había que subir escaleras, estaba en planta baja. “Ahí mismo, en la entrada de la clínica, tenían unas mesas”, señala hacia la izquierda desde un escritorio ubicado a pocos metros del pasaje si se entra por la librería Tucusito, de Gradillas a San Jacinto. Justamente allí, entre 2009 y 2011, algunos trabajadores de Ciudad CCS solíamos esperar que se desocupara alguna mesa, de afuera o de adentro, para almorzar. Era uno de los lugares más económicos de la zona y ostentaba una diversa oferta gastronómica.

Hoy, reducido en sus dimensiones y en su oferta, El Congreso sigue siendo una buena opción para comer bien en el casco histórico de Caracas, aunque sea una vez al mes. Los platos más pedidos son la parmesana de pollo (empanizado cubierto con salsa nápoli y queso parmesano), el cordon bleu (enrollado de pollo con jamón y queso) y la suprema de pollo (empanizado cubierto con salsa blanca, jamón y queso), así como el pabellón Congreso, que viene a caballo.

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Resaltan, asímismo, las pastas. Las más demandadas son la matricciana (tomate, cebolla y tocineta), la putanesca (aceitunas negras, alcaparras, tomate y un toque de picante), la tres salsas (nápoli, pesto y blanca) y la capresa (tomate, mozarella, albahaca y salsa roja), “muy buena, recomendada con los ojos cerrados”, dice Anderson Pereira, uno de los cajeros del negocio, que pasó a manos de portugueses el año 2000. Primero fue propiedad de inmigrantes italianos y luego de españoles.

“Los jueves y los viernes tenemos ofertas en los tobos y también en los cocteles. Viene gente, porque ofrecemos un ambiente muy familiar. Hay pocos lugares en el centro con esas características”, dice Pereira en tono invitacional.

Lo más cercano a un diputado que ha ido recientemente es Luis Florido. “Antes venía el defensor del Pueblo, cuando estaba en la Asamblea”. Cuentan con otro cajero, tres mesoneros y siete personas en la cocina.

Pedí una milanesa de solomo a la napolitana: carne empanizada cubierta con salsa de tomate, queso amarillo, jamón y un toque de parmesano. Nada que reprochar. La carne estaba suave, la salsa era de verdad y el gratinado en su punto. Arroz blanco suelto y tajadas de plátanos maduros, como debe ser, de acompañantes.

Michael optó por plumitas a la piamontesa, una mezcla de salsa boloña, champiñones y crema blanca. “Buenísimas, era lo que siempre pedía”, suspira en alusión a tiempos pasados, que fueron, como si estuviéramos viejos, tema de nuestra sobremesa.

 

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