ÉPALE276-TRAMA COTIDIANA

LA TRAMA COTIDIANA POR RODOLFO PORRAS

La necesidad de consumo es inherente al ser humano; cada vez que comemos, nos vestimos, nos hacemos de una vivienda o respiramos estamos consumiendo la energía que emana de la naturaleza. El consumismo es la perversión de esa condición.

Hay dos imágenes que expresan esta distorsión y que parecen decir mucho de un patrón de vida: el señor gordo, frente a un televisor comiendo grasa saturada en forma de hamburguesa, acompañado con una inmensa jarra de cerveza; y la de la persona transformada por el bisturí y el gimnasio en un modelo de belleza que termina siendo adocenado. Es evidente que los supermúsculos o la superbarriga nada tienen que ver con la alimentación o mantenerse en condiciones físicas saludables. Esas dos enfermedades, sin embargo, lucen como signos del bienestar y un alto nivel de vida.

Así que estos modelos incitan a distorsionar los mecanismos de existencia. Hay que conseguir el dinero que sea necesario para lograr la jarrota de cerveza o la operación estética soñada. Amén de los otros símbolos de estatus, por supuesto devenidos de la capacidad de consumo. Entonces duplicamos nuestro esfuerzo laboral y el objetivo es lograr las preseas del éxito: carro, ropa de marca, jarrota de cerveza, hamburguesa, bisturí, supermúsculos (o, por lo menos, supergimnasio).

La crisis económica que estamos viviendo en Venezuela pone en perspectiva esta situación: se hace el esfuerzo pero alcanza, a duras penas, para alimentarse. Los “logros” de los que venimos hablando son muy difíciles de alcanzar. Más bien hemos perdido peso, y no tenemos para hamburguesas. Esto podría entenderse como una ventaja, pero solo intentar argumentarlo suena a excusa.

La actitud consumista no ha bajado de peso. El fenómeno parece que invadió a un muy buen porcentaje de los teatreros venezolanos. Todos andamos en una de “microteatro” o participando en varias piezas de manera simultánea. Es una especie de subasta o mercado libre teatral. Los profesionales duplican su esfuerzo al servicio de la producción en serie y la rentabilidad. Merma, por supuesto, la calidad y la calidez. No siempre —o no únicamente— por razones económicas. El esfuerzo multiplicado parece ser un elemento de prestigio. Andar en una sola pieza a la vez no se ve muy bien. Es una forma de consumismo, en donde la energía maltratada es la de cada artista. Nos alejamos del carácter ritual y espiritual del teatro para adentrarnos en los terrenos de la competencia, el consumismo del espectáculo y la vanidad premiada como recompensa final.

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