El dedo

Por Marlon Zambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Hay historias de dolor que es preferible dejar en la trastienda del olvido: “¡De más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco, de más allá del Meta!”. Y es verdad que como Doña Bárbara— hay devoradoras de hombres que te canibalizan.

Como si no bastara el inventario de fracasos amatorios batallitas intrascendentes y revolcones sin sentido, que no te dejan más que un susto y unos cuantos moretones en la vanidad, hay que agregar a los combates del placer un ataque artero que resulta casi mortal, en la medida en que se hace a traición, cuando no esperas ese zarpazo fronterizo con la concupiscencia.

Si bien es cierto que, como explican David y Ellen Ramsdale en su tratado Los secretos de la sexualidad total, biológicamente el ano es una zona erótica de alto impacto, “en la que se encuentran concentradas muchas terminaciones nerviosas que pueden ser una fuente de dolor o de placer”, ningún tipo está preparado para que le metan el dedo por el culo.

Está bien, forma parte del lenguaje natural del cuerpo en la hecatombe del goce, pero también es un tema tabú, casi mito, que viene aderezado con toda su carga freudiana de inhibiciones machistas y reafirmación de roles, y que choca, indefectiblemente, con la inmensa muralla de la duda: “¿Será que seré?”.

Lo llaman el punto G masculino y el pacto social establece que si acaso, y sujeto a burlas únicamente el doctor puede ingresar su prolongación distal en el inefable orificio y sólo a partir de los 40 años, a instancia de anunciar el estreno de una enfermedad terminal a través del chequeo de la próstata.

Cerca de 90% de los tipos te va a negar que lo han probado en el momento de copular, y 99% no se moverán de la afirmación de que fue un accidente grave, un atrevimiento destemplado de ella, que te agarró desprevenido; esto, sólo si bajo alguna circunstancia el terrible asunto llega a ser tema de conversación.

No es para menos. Además del entrampamiento de género que te lleva a vacilar en tu integridad masculina, a expensas de ese placer inigualable, está la consideración del dedo como entidad de culto (si es el índice, mejor): con él señalas a los demás, remueves el hielo del güisqui (más bien del cocuy), le secas el sudor de la comisura a tus hijos, acaricias los cachetes a tu mamá, ayudas a dibujar sobre tu cuerpo la santa cruz.

Cuando intentas desmitificar aquel menjurje sexual, para quitarle peso a la vocación placentera de la colita, llegas y te encuentras con una afirmación de Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca, que no hace sino agregarle más leña a aquel fuego y dota a las posaderas de una dimensión política específica en la lucha de clases que no esperabas, haciendo de su sola mención un exceso morboso: “… el día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.

ÉPALE 356