ÉPALE288-ANTONIO DÍAZ

POR GERARDO BLANCO • @GERARDOBLANCO65 / ILUSTRACIÓN  RAUSSEO2

El arte es superior cuando se alcanza un grado tal de intensidad, armonía y simplicidad en la obra que produce una conmoción en los sentidos de quien la aprecia. El deporte ha ofrecido a lo largo de su historia alguna de las mayores expresiones artísticas, que han dejado una huella indeleble en los aficionados. Cuando la rumana Nadia Comaneci irrumpió en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, el planeta entero quedó pasmado. La ejecución de sus rutinas en la gimnasia artística eran tan sublimes, tan etéreas que la virginal niña surgida del misterio de los Cárpatos parecía un ángel que giraba, se movía y daba saltos con tal ligereza que desafiaba las leyes de gravedad en la colchoneta.

No es la única que ha producido esa suerte de embeleso colectivo de los aficionados al deporte. La primera vez que Michael Jordan se presentó oficialmente en una competencia internacional fue en los Juegos Panamericanos Caracas 1983, bajo la cúpula de El Poliedro. Los que concurrimos a esa primera jornada del baloncesto supimos que aquel jugador, que parecía tallado con cincel, no era un jugador común y corriente sino un artista del balón. Sus disparos de larga distancia y sus penetraciones, en el debut ante Argentina, caían desde una tierra de nadie, donde era permitido mantenerse flotando indefinidamente hasta que, de manera súbita y sorprendente, se producía el lanzamiento desde seis metros o la clavada punzante que embellecía el canasto por la perfección de los movimientos.

Venezuela también ha sido tierra fértil para cultores insuperables del arte en acción a través del deporte. No hacía falta entender las complicadas reglas del beisbol para disfrutar de un lance de Omar Vizquel. Una suerte de bailarín de ballet del campo corto. El manos de seda de los Leones del Caracas y los Indios de Cleveland se deslizaba hacía los costados, corría de espaldas al plato o iba en busca de la pelota con la mano limpia para enseñar que un simple out podía hacerse con la coreografía de un Nijinsky.

Pero quien ha llevado el deporte venezolano al nivel superior de armonía, simpleza y complejidad en sus ejecuciones, quien ha rozado la perfección como Comaneci o Jordan es el karateca caraqueño Antonio Díaz. El dos veces campeón del mundo se alzó recientemente, por sexta vez consecutiva, con la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se celebran en Barranquilla.

Díaz no es un atleta sino un artista del kata, esa técnica milenaria para neutralizar a los rivales en el tatami. A diferencia del kumite, en el que se vence al contrincante a través del contacto físico, en el kata la victoria llega por la superioridad en la agilidad, la potencia, la fuerza y la perfección de los movimientos. Y el venezolano es uno de los pocos atletas en el mundo capaz de ejecutar el kata nipaipo, que consiste en anular a un contrincante utilizando 64 movimientos distintos en apenas tres minutos.

El arte y el deporte se unen en el tatami cuando Antonio Díaz golpea a su imaginario rival con la sublime danza de una grulla. Durante 18 años su arte superior ha sido invencible en Centroamérica y el Caribe. Si alguien le pregunta alguna vez qué es el deporte en estado puro, solo pronuncie estas palabras: Antonio Díaz.

ÉPALE 288

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