ÉPALE268-CCS MONTE Y CULEBRA

POR JOSÉ ROBERTO DUQUE @JROBERTODUQUE / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

Hace unos días me tropezaba en el planeta Facebook con la razonable alarma de un usuario de esa red, habitante de una zona que colinda con el Parque Henry Pitier: había un incendio forestal de notables proporciones que destruía a grandes pasos la vegetación, y el caballero clamaba por la intervención de algo o alguien que intentara frenar la llamarada. Intenté tranquilizarlo con un relato harto conocido: esta es la época de las llamadas “candelas del verano”, un fenómeno más o menos cíclico que arrasa la capa vegetal, reseca porque tiene semanas o meses sin recibir una gota de lluvia. Esos candelorios suelen propagarse y dejar un paisaje bastante desolador: la tierra ennegrecida, árboles reducidos a troncos humeantes, la humarazón y la ceniza en el lugar donde casi todo el año verdea y se llena de rocío. Pero, como se trata de un fenómeno que forma parte de un ciclo natural (por mucho que la intervención humana ocasione incendios donde no debía haberlos) es natural también que, al caer las primeras lluvias (abril-mayo) los minerales se activen y prenda nuevamente el banco de semillas, que no ha muerto sino permanecido en estado latente. Llamaba yo a dicho ciudadano a la calma: eso que hoy se ve ennegrecido y aparentemente muerto cuando reciba los aguaceros volverá a retoñar y a estallar en miles de formas de vida.

Ah, pues el hombre se me arrechó. Palabras más, palabras menos, dijo que yo era un ignorante que no sabía que esas cosas solo suceden en el llano, pero que cuando ocurrían en una montaña el agua se secaba y los microorganismos morían para siempre pues el fuego lo destruye todo y lo que muere ya no es posible que resucite. Le pedí disculpas por haberme querido entrometer en su legítimo derecho a la rabia. Finalicé señalándole que el Waraira Repano se ha incendiado miles o millones de veces y la montaña sigue llenándose de vegetales y animales, año tras año y a pesar de todas las negligencias y actos criminales. Que estuviera tranquilo, que eso que estaba viendo ahí no era la destrucción definitiva del Parque Henry Pitier sino un simple episodio de su ciclo natural. Nada: me argumentó que mi posición era la del bicho cómodo que prefiere creer que todo se resuelve solo en vez de ponerse a trabajar etcétera etcétera etcétera. Lo dejé hasta ahí. Tal vez hacia noviembre vuelva a ese muro para preguntarle si todavía el Henri Pitier es el Sahara que él asegura que se ha instalado en esa montaña.

Esa extraña conversación es apenas una de las muchas que suelen poblar en estos días las relaciones personales virtuales o de las otras: cuando uno se tropieza con alguien convencido de que “esto se jodió” se convierte en militante del fatalismo y el adiós. Esas personas tal vez no tengan razón (utilice “razón” en cualquiera de sus acepciones), pero tienen sólidos motivos para exigir que se les deje solos con su visión catastrófica: todos tenemos derecho al pesimismo y a que no intenten sacarnos de él. Nos creímos a pecho rajao o interpretamos erróneamente aquello de que “cuando se acaba la esperanza comienza la revolución”, y entonces andamos fingiendo un enorme arrecherón permanente porque pensamos que la rabia por sí sola emancipa y que solo desde el Apocalipsis puede fundarse un sistema más justo. Hay gente que cree que, de verdad, el fuego de una calamidad lo asesina todo sin remedio. Seguiremos militando en el bando de los que esperamos el verdor de mayo, ya que en ese verdor andamos trabajando.

ÉPALE 268

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