El día después de mañana

Por María Eugenia Acero Colomine @andesenfrungen / Ilustración Erasmo Sánchez

Ya desde el siglo XX se decía que en este siglo XXI empezaría a llegar el futuro. Las comiquitas de los Supersónicos mostraban llamadas en videoconferencia, una Robotina a cargo de las tareas del hogar y tráfico aéreo, aparte de otras menudencias computarizadas como parte de la cotidianidad futura remota. Marty McFly y el doctor Emmet Brown llegaron a una realidad psicotomimética en 2015, donde las patinetas volaban y las personas vestían como en los videoclips de rock y pop de los años 80: con mucho fucsia y colores fluorescentes. Woody Allen patentó el Orgasmatrón, una máquina para que las personas sintieran placer sexual solo con montarse en el aparato.

En el libro Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, la felicidad estaba medida según la clase social de cada individuo, y las relaciones interpersonales eran superficiales. No existían en ese futuro distópico ni el amor ni el criterio propio, y el gran Dios capital era personificado bajo el símbolo del modelo T de Ford. El Gran Hermano de la novela 1984 estaba a cargo de monitorear todos y cada uno de los movimientos de los esclavos del sistema, y, nuevamente, el amor estaba proscrito, así como la libertad de pensamiento. En El Fin de la Eternidad de Isaac Asimov, era posible viajar en el tiempo para cambiar el curso de la historia; mientras tanto, un sistema llamado La Eternidad compilaba todas las obras escritas y creadas por la humanidad en todas las realidades paralelas creadas bajo la modalidad de cambiar la historia. Es curioso que en esta novela el acercamiento amoroso y el libre disentir fueran prohibidas también por este régimen futurista intertemporal.

Pudiéramos extendernos a reseñar títulos de películas, libros y caricaturas, y podemos encontrar que el futuro que nos hemos imaginado suele ser distante, de ultra alta tecnología, y con una marcada segmentación de las clases sociales. También, es del común de nuestro imaginario inventarnos que el futuro de la humanidad será distópico, gris, frío y apocalíptico. Sin embargo, por más que nos engolosinamos con el juguete tecnológico de moda, y que nuestras nuevas generaciones estén más cerca del iPhone que del trompo, aún ninguno de nosotros parecemos terminar de comernos el cuento de que ese futuro de ciencia ficción nos llegará. Quizás la idea de que la humanidad deje de ser humana para convertirse en una raza androide en el fondo nos asusta, y el empuje de los movimientos sociales, intelectuales, filosóficos y espirituales aún esté haciendo resistencia fuerte para que la mujer y el hombre no pasen a convertirse en una degeneración de la raza. En aras del progreso, la humanidad ha pasado por toda clase de calamidades y pruebas que nos ponen a cuestionarnos sobre el don de gente de la gente. No sabemos si las generaciones que vengan después de los conflictos armados actuales tendrán el cuero duro para alzarse los combates que vengan, o si serán comunidades atrapadas en el terror. La guerra, el hambre, las invasiones, los conflictos fronterizos con migrantes entre otras calamidades son factores que están moldeando el carácter actual del ser humano, y el resultado de esas fuertes vivencias solo podremos experimentarlo dentro de unos 15 o 20 años.

La libertad de expresión sigue siendo un tema de debate: a pesar de existir hoy en día grandes consorcios trasnacionales de la comunicación, la verdad sigue siendo puesta en entredicho. Nomás la tortura que está sufriendo Julian Assange producto del ensañamiento entre Estados Unidos y el Reino Unido recuerdan la manera en que ajusticiaron a José Félix Ribas, cuya cabeza fue puesta en la Puerta de Caracas para generar escarnio en la población. Con el coronavirus, el miedo a caer presas de la enfermedad está cumpliendo la profecía de muchas obras de ciencia ficción, en las que la intimidad y el afecto físico se están relegando a un segundo plano, y las principales víctimas de esta gran desgracia mundial han sido los viejos y los pobres.

Ojalá que el futuro que nos pintó la ciencia ficción no se nos filtre en nuestros presentes, so pena de terminar convirtiéndonos en los esclavos que el neoliberalismo siempre ha querido.

ÉPALE 373