El domingo infinito

Durante tres meses nos vimos forzados a compartir nuestra intimidad con quienes nos tocara, desde el momento en que se decretó la cuarentena para enfrentar al Coronavirus. Ha sido una experiencia intensa, fuente de conflictos y arrojos al interior de las familias, en algunos casos traumática, que anuncia futuros dilemas cuando avance la nueva normalidad

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Fotografías Francis Cova

Desde el 13 de marzo pasado, más o menos, casi todos nuestros anhelos, búsquedas, intercambios y expectativas de movilidad quedaron circunscritos al reducto de las cuatro paredes de la vivienda familiar, donde nos agarró el anuncio oficial de la cuarentena para frenar el impacto de la convid-19.

A casi todos nos sorprendió —como dicta el refranero popular— con los pantalones abajo, sujetados de la brocha mientras nos quitaban la escalera, desprevenidos e incapacitados, no aptos para administrar el tiempo, el espacio y las exigencias logísticas que se nos venían a partir de la obligatoriedad de compartir nuestro espacio vital con esos perfectos desconocidos que son “nuestros seres queridos”.

Y es que, sin que nadie lo supusiera en febrero, marzo nos arropó de asombros cuando nos sirvió un escenario atípico en el marco de cualquier historia personal —una convivencia que no se parecía a nada, con casi nada para compartir, escasas opciones de entretenimiento, casi ningún espacio propio, con dramas y conflictos previos—, para de pronto introducirnos en esa extraña vorágine llamada “aislamiento social preventivo”, vigente en la cotidianidad y llamada a modificar la convivencia de las parejas y las familias.

“De esta salimos embarazados o separados”, decían las parejas; “o nos matamos o nos unimos más”, advertían las familias ariscas

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Fue inevitable. Sin proponérselo, el decreto presidencial de estado de alarma publicado en la Gaceta Oficial Extraordinaria N° 6.519, nos obligó a quedarnos en casa muchas horas y muchos días, y por tres meses hemos tenido más tiempo, demasiado, para estar con los otros bajo condiciones de confinamiento. Una excentricidad, porque como dice el psicoanalista y doctor en Filosofía argentino Luciano Lutereau, “vivimos vidas basadas en la ocupación y la acumulación de actividades que tienen una función evasiva. No estamos dispuestos ni acostumbrados a encontrarnos con nosotros mismos”.

Los ensayos colectivos de música, un fenómeno de la nueva normalidad. Foto Gregorio Terán

“De esta salimos embarazados o separados” decían las parejas; “o nos matamos o nos unimos más”, advertían las familias ariscas. De hecho, se generó un tenebroso fenómeno mundial, pandémico, como la más grave de las infecciones virales, al registrarse un incremento exponencial de la violencia doméstica e intrafamiliar, que tuvo como principal víctima a la mujer sojuzgada por el hombre, pero también a los niños violentados por sus padres.

Asimismo, se vivió un fenómeno que por suerte va amainando en la medida en que se acercan las “vacaciones” escolares: las tareas del colegio en casa, unas jornadas de horror que mantuvieron a los chamos y a sus padres en una carrera volumétrica contra el tiempo, saturando de trabajos y asignaciones a los más pequeños que, indefectiblemente, terminaban elaborando los mayores, no por un asunto de aprendizaje, sino de acumulación de obligaciones colegiales para justificar el academicismo de la formación virtual.

Las tareas de los chicos resueltas por madres y abuelas: un sino de los tiempos

El roce perpetuo

Sándor Ferenczi, médico y psicoanalista húngaro, ha hablado de las “neurosis de los domingos y las vacaciones” para hacer notar que se trata de una etapa no necesariamente ideal para la convivencia, como esta que transcurre entre el miedo al contagio, la preocupación por la estabilidad física y emocional de la familia, la búsqueda de la armonía, el estrés por el devenir de la economía, el pánico al que incitan la sobreinformación e infodemia y la pérdida de la rutina.

Los juegos de mesa han sido una compañía imprescindible

Una estadística que emergió en el marco de la cuarentena, en este caso en España, arroja como resultado el incremento de divorcios y separaciones que se han registrado en las últimas semanas, evidentemente, como consecuencia del roce perpetuo.

Si bien es cierto que muchas familias —nucleadas en torno al disimulo— fortalecieron sus lazos de afecto durante este período, la más de las veces se registraron episodios de tensa calma y difícil convivencia, que han nutrido el acervo de un anecdotario profuso en una ciudad como Caracas, bañada por los efluvios del Caribe con todo lo que eso tiene de adictivo al desparpajo festivo, la fricción sediciosa de los cuerpos, las simpatías inmediatas, la solidaridad y el compadrazgo.

Pero se trata, como señala la periodista y profesora Cristina González, de un dilema pequeñoburgués, muy clase media. El drama inducido por la obligación de permanecer en casa, bajo las medianas comodidades del hogar, afecta cada vez menos en la medida en que desciende el umbral de la estabilidad económica, y se pudo comprobar, con videos y fotos que han saturado como memes o TikTok las redes sociales, que el pobre anda en la calle, quiera o no (impedido por cuestiones de metros cuadrados, a permanecer demasiado tiempo en su humilde vivienda precarizada en el barrio), procurando resolver el día a día, buscando la comida y la chamba.

La búsqueda de la armonía, el estrés por el devenir de la economía, el pánico al que incitan la sobreinformación e infodemia, la pérdida de la rutina

Se detuvo el tiempo y transgredimos nuestros más elementales ritos cotidianos: nos quedamos en short, mono o camiseta. Se nos perpetuaron la lagaña y el mal aliento. Fuimos a misa e hicimos turismo desde el televisor. Comimos en las habitaciones, sobre la cama, caminando. La cortesía, los asombros y la paciencia se quedaron postergados. La individualidad quedó dinamitada absolutamente y, con ello, se agudizaron la angustia existencial y la crisis de sentido.

Algunos casos, reconocibles, se revelan como sintomáticos: el novio que pidió asilo en casa de la jeva porque no pudo hacer el camino de regreso a su propia realidad, allende las fronteras regionales; la madre, la hija y la nieta que nunca se soportaron y quedaron atrapadas bajo un mismo techo por tres meses interminables; el papá que no soporta demasiado el trato con sus hijos adolescentes y que se vio, de pronto, sometido (y sometiéndolos) a su presencia inamovible.

En algunos hogares se afianzaron los nexos

El segundo frente y otras sexualidades

Una circunstancia comentada en ciertos círculos herméticos es el peligroso asunto del segundo frente.

Para algunos, el “cacho” era una especie de solución frente a la exacerbación de la conflictividad en la pareja. La cuarentena, según los especialistas, incrementó las tensiones entre él y ella ante la imposibilidad de hacer otras cosas, o matizar las desavenencias, diluyendo con otra persona los abismos del amor.

No es el único problema. Nos cuenta la sexóloga Florangel Parodi que, al concentrar nuestras expectativas en los aspectos negativos de la pandemia, y al no salir de ciertos comportamientos habituales, las relaciones se estancan o incluso se deshacen.

Ha observado durante la cuarentena que hay parejas donde uno de los componentes está estresado o ansioso, y drena a través de la sexualidad, incluso estando la otra persona cansada.

Hay parejas con conflictos precedentes, donde el deseo sexual ya venía disminuido y una de las partes va al acto sexual por compromiso, lo que hace que el conflicto se acreciente.

“Hay algo que he notado en estos días de cuarentena: la gente que tiene algún tipo de disfunción sexual la ha visto aumentar, y se desespera por ser tratada en consulta. Parece que la frustración y la tristeza incrementan su disfunción”, nos detalla.

Otro aspecto que ha detectado en el marco de la cuarentena es la intensificación de los casos de adictos al sexo. “He recibido varias consultas al respecto, personas que están desesperadas, con una patología previa que estaba allí presente. Esas personas, para que desahoguen sus ganas, se les puede recomendar el cibersexo, que siempre ha existido y es un mecanismo de satisfacción a distancia”.

Algo importante, que recomienda esta médica sexóloga egresada del Centro de Investigaciones Psiquiátricas, Psicológicas y Sexológicas de Venezuela, es la protección psíquica: le suplica a las personas evitar todo lo que le pueda generar ansiedad, como la sobreinformación, las noticias amarillistas, falsos rumores, que van a alterar su estado emocional y, por ende, su comportamiento sexual.

Pero no todo es catastrófico, observa. “En parejas bien conformadas, donde no hay conflicto, en muchos casos la frecuencia sexual ha aumentado. Ha sido un momento de más encuentro, de reírse, de conocerse más, de compartir las labores del hogar y el cuidado de los niños”.

Explica que la sexualidad está muy ligada a nuestra personalidad, nuestros aprendizajes a lo largo de nuestras propias historias de vida, por lo que el comportamiento de la pareja en cuarentena se viene ajustando al contexto de cada quien.

Hay una gran variedad de conductas sexuales en función de esta situación, agrega, como las parejas que tienen niños pequeños donde el hecho de poder estar juntos y erotizarse se ve alterado porque los hijos quieren estar en la cama con ellos, incluso, hasta altas horas de la noche, el único instante en el que pueden aprovechar.

“La cuarentena ha sido un encontrarse con distintas realidades que estaban ahí presentes y no se habían notado porque cada quien salía a la calle, al trabajo, etcétera. Ha sido una oportunidad para conocerse a sí mismos y para interactuar con la pareja”.

A los que no tienen pareja, les sugiere el autoejercicio de la sexualidad, el autoerotismo, la masturbación, que fantaseen y visualicen situaciones eróticas que les permitan satisfacer lo básico.

La flexibilización que ya empieza a registrarse en el mundo debido a la reducción de los riesgos, y que se viene aplicando en el país por orden del presidente Maduro con su fórmula del 7×7, anuncia desde ya el ingreso a la fase de nueva normalidad que, lejos de romantizar la vuelta a la cotidianidad, nos depara significativas aventuras mientras nos adaptamos a los hallazgos y pérdidas de las relaciones humanas.

Tomando en cuenta que en enero éramos kamikazes preparados para recomponer el mundo lanzados con envite inercial, y que en junio somos sujetos atemorizados ante la posibilidad de contagio (maniáticos del tapaboca, el cloro y el metro y medio de distanciamiento social recomendado de cara a la “nueva normalidad relativa y vigilada”), es posible que debamos enfrentarnos al redescubrimiento de las relaciones tórridas, el roce exacerbado, los diálogos deslenguados y a otros demonios.

Ojalá.

La sexualidad ha sufrido todos los contratiempos en medio del encierro. Foto Archivo

 

 

ÉPALE 376