ÉPALE287-MITOS

POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

No en todas partes de la ciudad las campanas se toman la molestia de recordarnos que es mejor volver a casa. No a todas horas los perros espantados ladran hacia la nada cuando suena “taann, taann, taann”.

Digamos que era mil ochocientos cuarenta y pico. Ya tarde, oscura la noche fría caraqueña, el sereno había pasado rato atrás.

Luego vemos a un hombre, llamémosle Juan Avelino. De Monjas a La Torre camina más o menos errabundo, más o menos ebrio de amor, de caña y de cansancio, cualquiera diría que va a casa de su amante o de su amada.

La voz de metal espeso marca las 12; se oye a lo lejos algo como una risa, quizá un ladrido o tal vez el viento que ha meneado alguna reja. Avelino siente en la espalda el lengüetazo frío del presagio y al mirar a través de la neblina, en dirección a la entrada de la iglesia, se extraña al descubrir la figura de un hombre muy pequeño que le mira fijamente con un tabaco sujeto entre los dientes. Avelino le da las buenas noches, por costumbre, y el hombre pequeño se quita un sombrero pequeño con un movimiento de su mano pequeña, su brazo pequeño y su gran cabezota. “Buenas noches”, responde,

“¿Sería tan amable de brindarme fuego para prender el tabaco?”.Juan Avelino se lleva la mano al bolsillo más grande del abrigo y saca del fondo una caja de fósforos que guarda bajo una botella de aguardiente. Enciende uno y extiende la llama hacia el enano. Observa la brasa en la punta del tabaco, la bocanada de humo que se expande y le persigue las manos, la boca del enano torciendo una sonrisa y los colmillos, los mugrientos colmillos, el macabro sonido de su respiración.

El terror le prohíbe el movimiento a Juan. Eleva la mirada buscando el rostro del enano y sube, y sube, y sube, y el enano, cada vez haciéndose más alto, le dice alguna cosa que nunca pudo recordar con precisión, con una voz que salía de todas partes con timbre de campana grande. Dicen algunos que lo invitó al infierno, otros cuentan que le dijo la hora en tres países. Unos aseguran que el hombre salió despavorido y llegó hasta Puerta de Caracas de un solo carrerón; esta versión es la menos verosímil: esa subida es demasiado candela.

A según como narran las historias, el enano se le apareció a Guzmán Blanco y desde ese entonces el Presidente nunca más volvió a pisar la Catedral.

Pero no tenga miedo, compañera, compañero, ya el enano se fue. Se cuenta que fue cuando Billo comenzó a cantar tarde por las zonas del Centro y los paseantes nocturnos comenzaron a ser más frecuentes; o, también, que el mandato de Rómulo Betancourt fue tan malo que ni el enano lo quiso presenciar. Lo cierto es que el espanto, tal vez intimidado por las luces, los carros y todo el bululú que trajo consigo el desarrollo, entró a la Catedral y nunca más salió ni en pesadillas.

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