POR NIEDLINGER BRICEÑO PERDOMO • @FCIZQUIERDISTA / ILUSTRACIÓN JUSTO BLANCO

ÉPALE317-SOBERANÍASCuando parimos por primera vez, nadie nos dice qué viene después de que ese volcán hace erupción, quizás porque no hay manera de explicar lo que se va manifestando desde el alma hacia afuera, o también es posible y muy válido, que no todas las mujeres vivamos con tanta intensidad eso que llaman puerperio (definición según Wikipedia: tiempo de recuperación del aparato reproductivo de la mujer, luego de dar a luz). En este período que, para mí, no tiene un tiempo definido, la mujer experimenta el encuentro con sus propias sombras, es decir, con las partes desconocidas de la psique, pero también con las partes desconocidas de nuestro mundo espiritual.

Sabiendo esto, les contaré cómo fue ese encuentro conmigo misma, luego de parir con placer a mi hija. Más de dos años duró mi puerperio, sí, duró rato, y fue muy duro, aunque al mismo tiempo transformador. Cuando llegamos a casa, luego de volver a nacer, ahora como madre, no permitimos que nos visitaran ni familiares, ni amigxs y mucho menos conocidxs, pues estábamos en una burbuja amorosa de la cual no queríamos salir con comentarios no tan agradables que suelen hacer los “opinólogos” de cómo tratar una bebé, cuándo darle la teta, etc.

El primer impacto fue cuando me reflejé en el espejo y me miré fijamente a los ojos, no sabía quién era, perdí por completo el reconocimiento a ese cuerpo que habitaba desde hacía 25 años, entré en caos, no me hallaba en ese camino que había transitado, no me salía ni una palabra, pues suelo hablar conmigo misma como ejercicio para pensarme. Esa sensación duró mucho tiempo, hasta que poco a poco fui gesticulando, conversando suavemente y tocando mi rostro para volver a él.

Antes de ser madre, era muy muy independiente, iba, venía, volvía a ir, volvía a venir; esta vez me encontraba en una situación de dependencia con mi niña, ella necesitaba de mi leche, mi calor, mi protección, mi voz, y yo estuve consciente de eso pero se me venía a la mente querer estar sola, salir sola, caminar sin mi cangura encima y sí, en algún momento pensé dejarlo todo y salir corriendo para donde me llevaran mis pies, a un lugar donde pudiera sentirme yo, reconocerme, amarme.

Ese lugar, afortunadamente, lo encontré a su lado, juntas aprendimos a estar una al lado de la otra, aprendimos a ser libres juntas y conocimos con la crianza con apego y respetuosa la satisfacción de criar en tribu (colectivamente).

El encuentro con mis sombras fue lo que me hizo cuestionar el patrón de crianza con el que fui criada y agradezco al Universo por haberme permitido andar en esta búsqueda de respuestas que no las tiene ningún manual de crianza (no existe) sino que están en el interior de cada madre, ahora el desafío es continuar rompiendo moldes para hacer posible un mundo más humano.

ÉPALE 317

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