ENTIERRO DE MOROCOTAS DE ESQUIVEL

POR GERARDO BLANCO @GERARDOBLANCO65 / ILUSTRACIÓN  RAUSSEO 2

En “Lo que le debo al fútbol”, un artículo publicado por Albert Camus en el periódico de la asociación multideportiva Racing Universitaire d’Alger, el filósofo y novelista francés nacido en Argelia recordaba el origen de sus sólidas convicciones: “Luego de muchos años, lo que finalmente sé con más seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al deporte, lo aprendí en el fútbol”. Pero dirigentes como el exmandamás de la Federación Venezolana de Fútbol (FVF), Rafael Esquivel, jamás leyeron la monumental obra del premio Nobel y, menos, extrajeron de su relación con este deporte de libertad en movimiento las enseñanzas éticas y morales que aporta el juego.

El fútbol venezolano, que por años ha intentado, en vano, ocupar las primeras planas con una resonante clasificación a una Copa Mundial de mayores, captó la atención del planeta en 2015 por las pillerías del hombre que durante 27 años gobernó la entidad y que hoy tiene casa por cárcel en Florida, Estados Unidos, a la espera de una condena en el tribunal de Nueva York por haber recibido millonarias sumas en dólares por soborno y lavado de dinero.

La primera vez que escuchamos de Esquivel fue por la crónica del funeral de René Hemmer, su antecesor en el cargo. La reseña narraba, ácidamente, que cuando el cuerpo de Hemmer estaba en capilla ardiente un grupo de federativos, encabezados por Esquivel, a la sazón vicepresidente de la FVF, se afanaban en poner patas arriba la vieja sede de la federación en busca de un entierro de morocotas: los 14.000 dólares que el difunto presidente supuestamente atesoraba en la vieja y olvidada casona de El Paraíso.

Años después, en plan de periodista, conocimos al dueño del fútbol nacional y fuimos testigos de sus andanzas. A lo largo de dos décadas y media Esquivel pasó de ser un humilde gerente de una sucursal bancaria en Margarita a uno de los empresarios más exitosos de la isla. El secreto de su fulgurante prosperidad estuvo, seguramente, en no haber leído nunca las reflexiones de Camus sobre la moral, el respeto y la ética que son esenciales a cualquier disciplina deportiva y al ser humano. A diferencia de Camus, que fue un portero virtuoso, Esquivel era un patiduro del mediocampo, cuyo mayor talento estaba en su capacidad para violar todas las reglas del juego limpio. Los millonarios contratos de derechos de transmisión del fútbol suramericano fue el verdadero entierro de morocotas que buscó en vano en 1988 y encontró en la Conmebol. Por ceder esos derechos a la empresa argentina Full Play, Esquivel y otros dirigentes suramericanos recibieron sobornos y comisiones escandalosas. Ahora tendrán tiempo suficiente en la cárcel para leer las obras completas de Camus y aprender algo sobre la ética del fútbol.

ÉPALE 259

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