ÉPALE282-GUARIMBA

POR MARÍA EUGENIA ACERO COLOMINE @ANDESENFRUNGEN / ILUSTRACIÓN JESSICA MENA

Aquella madrugada, Pablo Ibáñez iba a Greenwich a matar la noche: unas bolsas, rock, culitos y curda eran un tiro al piso. Pablo conducía por la solitaria oscurana de la Río de Janeiro en su Fortuner nueva. Estaba en la cima del mundo: liderazgo cívico y mucha plata consigo. De pronto, una mami sale despavorida de uno de los edificios con vista al Guaire. Parecía haber protagonizado una airada pelea de pareja, de la que prefería huir dignamente antes que quedarse con el comemuslo de turno. Frenó de golpe. La chica cruzó corriendo la calle. El cerebro límbico de Pablo se activó de inmediato para salvar a tan sexy damisela.

“¿Chama, te puedo ayudar?”. “Sí, porfa, sácame de aquí”, le replicó la chica. “Móntate”. De una, le abrió la puerta.

Se apeó, al asiento del copiloto. La mente de Pablo aceleró mientras le contemplaba los implantes sobresalientes del escote y los muslos bien tonificados con microfalda. Solo quedaba proceder.

“¿Quieres un cigarro? ¿Un pase?”. “Sí, por favor”, replicó la joven sin observarlo mucho. Solo contemplaba la vía. La entrepierna de Enzo lo delataba. Subió el volumen del bumbún.

“Vámonos al hoyo. Dale a ese cuerpo alegría, Macarena”, le sonrió buscando animar a la chica. La muchacha asintió y sonrió sin hablar.

Minutos después, Ibáñez estacionaba en Altamira para saludar a los cotidianos de siempre. Faltaba poco para cerrar el bar, pero su estatus le daba licencia para dejar abierto el espacio “un ratico más”. La euforia pasó a abrazos y besuqueos de consuelo. Cuando el calor llegó al punto de no retorno, Enzo procedió a darle matarile al asunto. “Vámonos”, le dijo a la callada joven.

Prendió volando la camioneta y dio vuelta vía Altamira Norte: prefería intimidad en su búnker que sucumbir en los asientos de la nave, para no empavarla.

“Aquí fue que morí”, dijo la muchacha. “¿De qué hablas, mami?”, preguntó el galán (“Esta tipa está loca”, pensó). Hurgó en su húmeda grieta: las manos empezaban a quemarse. Pablo no hizo caso y siguió auscultando pese a la extraña humareda en la cabina. ¿Cómo me dijiste que te llamabas, mi amor?.

El rostro de la joven se transfiguró, convirtiéndose en un negrito bañado en sangre. Lo miró fijamente, sin expresión. “Mi nombre fue Orlando Figuera”.

Dicen que el cuerpo de Pablo Ibáñez desapareció y hallaron su Fortuner chamuscada por Guarenas. Desde entonces, una mami se monta en los autos de los asesinos de la guarimba.

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