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POR CÉSAR VÁZQUEZ /ILUSTRACIÓN RAUSSEO DOS

Cuando aquel joven estudiante de Filosofía decidió quitarse la vida, lo hizo tres semanas después de que el Metro de Caracas empezó a prestar su servicio en febrero de 1983. Las razones que lo llevaron a lanzarse sobre los rieles del tren todavía se desconocen, quedaron encerradas en su cabeza. Algunos profesores, estudiantes para la época, recuerdan que lo que se comentó fue que El Filósofo del Metro había salido de una clase de Teorética II a buscar su horizonte especulativo después de la raya amarilla. Era meritorio decir que de este pasillo había salido el primer usuario que estrenó este oficio, este deporte o esta nueva modalidad para dejarlo ir, para ponerle fin a las cosas (no hay mayor enajenación que la muerte del otro) después de una discusión sobre la libertad en un aula de la escuela de Filosofía de la Central.

Los trabajadores de la Línea 3 dicen que “su alma en pena” para colorear los argumentos con los que se habla de los espantos, sobre todo de los nacionales va caminando con un libro en la mano, leyendo o no. Se le ve durante el día, ansioso, entre la multitud. Después del mediodía va y viene entre las estaciones Ciudad Universitaria y Plaza Venezuela. El espectro, que a diferencia de la mayoría deja salir y entrar a los usuarios y cede su asiento a quien lo necesite, se mueve itinerante hasta las primeras horas de la noche, cuando desaparece de la vista de los operadores que lo distinguen en las cámaras de seguridad como una masa translúcida, azul y parsimoniosa, a la que observan con familiaridad de lunes a sábado. Aunque hay quienes afirman haberlo visto bajarse los domingos en la estación Colegio de Ingenieros, aún no hay evidencia certera que soporte tal testimonio.

El Filósofo, como le llaman, ha registrado más actividad paranormal de lo acostumbrado. Decidió salir más frecuentemente con el auge de los libros de autoayuda, que te enseñan, en prácticas fórmulas como si se tratara de la receta para una tortilla—, el camino al éxito y las mil formas de hacer dinero fast and easy; pero que, al igual que la lotería, no aterriza en el bolsillo de ninguno de sus lectores. Libros como Más Platón y menos prozac, El alquimista, La culpa es de la vaca, Quién se llevó mi queso; Niño pobre, niño Rico y así. Recientemente se le ha visto en el andén dirección Propatria, y bajarse en Capitolio yendo al centro de sus propias razones, o alejándose de los delirios academicistas.

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