El fabricante de estrellas

ÉPALE CCS 6 Caracas, 4 de noviembre de 2012

Son pocos los que se dejan ver por Caracas y sus tonadas no pasan desapercibidas. sí, son los amoladores, esos que afilan cualquier implemento cortante y hasta cumplen los deseos más anhelados

Por Rocío Cazal

Cuando llega ya todos saben de quién se trata. Siempre tiene que demostrar a su paso que está cerca y que viene de visita. Su sonido lo identifica, al igual que su grito acentuado, el cual retumba en cualquier casa, esquina o urbanización.

De ellos hay cuentos de pueblos y hasta urbanos y siempre han sido tan famosos que hasta Aquiles Nazoa les dedicó un extracto en su célebre “Credo”: “… Creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa”. Claro, aunque en estos tiempos la tecnología improvisada sustituye la arandela que formaba parte de su indumentaria hace décadas atrás.

Ponerse una olla encima de la cabeza, un sartén, un libro, papel, monedero, billete o simplemente una moneda para evitar malos augurios o pedir el deseo más anhelado no quedó en el pasado. Unos recuerdan que eso ocurría con periodicidad hace unas cuantas décadas, otros mantienen la rutina que heredaron de sus ancestros y otros ni saben siquiera que se hacían esas cosas cada vez que pasaba el famoso amolador o afilador.

Rosa conoció a uno de éstos que aún pasan por la parroquia San Juan. No es muy constante pues ha hecho esperar a más de un cliente al jurar por un puño de cruces que pasará un día específico y al final no lo hace, pero por sus cuentos de camino se le perdona tal informalidad.

“El dice que es el dueño del oeste: de Propatria, Casalta, Los Magallanes, Los Flores, Las Lomas, La Cortada y 23 de Enero hasta llegar a San Martín. Trabaja cuando quiere y cuenta que es amolador porque su padre y su abuelo también lo fueron. Ya es costumbre de familia. Y si le pides una rebaja te la da sin problemas”.

Idelfonso es su nombre, quien cuenta con un lenguaje pausado y particular. Sus anéctotas también son curiosas, pues manifiesta que en varias oportunidades, cuando suena su silbido o tonada, le llegan en la calle hombres y mujeres a darle dinero. “Eso no pasa siempre, pero, por ejemplo, un día me dieron hasta 100 bolívares y el tipo me dijo que me estaba esperando porque la vez anterior que pasé, él hizo el rito de ponerse algo en la cabeza, pidió un deseo que quería muchísimo y se le cumplió… ¿Ves? Lo que hago es mágico ¡Hasta cumplo deseos, pues!”.

El señor Fernando también ha escuchado al amolador. Ignoraba esas historias hasta que lo escuchó de otro vecino: “Al tercer sonido te pones algo encima y eso te da buena suerte. Las muchachas de antes lo hacían porque si no se quedaban solteronas”.

Cuentos poco afilados

Esos cuentos de cuchillos que nunca perderán el filo, sí, esos que venden en comerciales, en tiendas por departamentos o en folletos de marcas representativas resultan ser eso: cuentos. Muchos los compran con esa creencia ciega de que les servirá para toda la vida, pero el uso constante demuestra que no todo dura para siempre.
Carlos tenía uno de esos cuchillos superafilados que le vendieron con la promesa de que jamás volvería a comprar otros iguales. El vendedor no le mintió: no compró unos iguales sino mejores, pero con el tiempo tuvo que recurrir a la piedra como amoladora para todos sus implementos “inigualables”.

Los amoladores que quedan en Caracas van de casa en casa, no tocan la puerta, solo se dejan escuchar hasta que alguna ama o amo de casa les pide sus servicios.

Veinte bolívares es el monto mínimo para amolar una pieza, depende del tamaño y la sencillez, pero no solo afilan cuchillos, tijeras, navajas y cortaúñas, también lo hacen con las hojillas de picatodo, de licuadoras, de ayudantes de cocina, hasta machetes, guillotinas y cortadoras de embutidos. Unos 120 bolívares puede ser lo máximo que cobren, pues también el fabricante de estrellas o hacedor de luces –como se hacen llamar–, puede esmerarse con su trabajo unos breves minutos o hasta incluso horas.

Son tan especiales en su trabajo y hasta haciendo cumplir deseos que hasta la orquesta Billo’s le dedicó una canción al amolador caraqueño. Los Ocho de Colombia también le dieron melodía con una salsita, y Rafael Salazar también escribió un tema para ellos, por supuesto, enaltecidos con la voz de Lilia Vera.

Ahora ya no pasan con sus ruedas mágicas. Una caja de madera embalada con cables y discos ahora son su indumentaria en diferentes tamaños y versiones. Haga la prueba de usar sus servicios para afilar utensilios cortantes, y no deje de pedir su deseo. Dicen por ahí que de que vuelan, vuelan.

De la flauta de caña a la armónica de plástico

Son muy pocos los amoladores que se consiguen en Caracas y, por tanto, las amas y amos de casa han optado por contar con piedras o amoladoras automáticas que en los mercados a todos los precios.

Se dice que los amoladores comenzaron su oficio en el siglo XIX y su implemento era un carruaje que empujaban o manejaban cual bicicleta. Luego se invertía el vehículo y la rueda giraba una correa o polea que ponía en movimiento una piedra de esmeril, la cual afilaba todo implemento.

Usaban una flauta de pan de caña ahora los pocos que quedan utilizan silbatos o armónicas de plástico.

La orquesta Billoʹs señala en su canción que el amolador llegó a Caracas sin saber si fue de España o Italia: “cuantas cosas Caracas va perdiendo y en el tiempo van desapareciendo. El amolador, el amolador caraqueño”.

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