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POR MALÚ RENGIFO • @MALURENGIFO / ILUSTRACIÓN MALÚ RENGIFO

En esa esquina que queda frente a las Residencias Los Andes, en Plaza Venezuela, queda una tienda de ropa hecha masivamente por esclavos. Allí una franelita que parece un coleto puede costar 50.000 bolívares, dos o tres meses de salario mínimo una sola franela, y venden miles de franelas al mes; con, si acaso, una decena de empleados. ¡Qué asco!

A las afueras de la misma tienda una vendedora informal vende cigarrillos detallados a un precio que oscila entre 400 y 800 bolívares, dependiendo del tipo de cigarrillo. Al final del día, la caja completa la ha vendido a dos o tres veces su valor. Esto es un crimen por dos razones: se trata del aprovechamiento de la necesidad del fumador sin plata, que no puede costearse una caja de una vez (no discutiremos si el tabaco es bueno o malo), para obtener márgenes de ganancia abusivos y, al mismo tiempo, la misma señora viola un decreto del año 2009, según el cual está prohibida la venta menudeada de cigarrillos, ¿qué tal?

En un quiosco cercano otra comerciante vende recargas de saldo con una cláusula bien particular: uno tiene que pagarle más de lo que ella le pone de saldo a una. La comisión no alcanza pa’l cigarrito, pero igual es un golpe a la economía. Al pedir una explicación, la doña le puede salir con cualquier excusa que intente justificar el atraco sin pistola del cual está usted siendo víctima, pero nuestro deber como consumidor es irnos a poner el saldo en un establecimiento donde no se aprovechen de nuestras necesidades: ¡ya basta! También podría exigirle a la señora que le cobre lo justo, pero eso podría terminar en trifulca.

AHORA SÍ, EL PURÉ

Por fortuna, en este azote de mundo capitalista todavía quedan camiones de verduras y vegetales de temporada que ofrecen precios decentes si se les paga en efectivo. Es un fastidio conseguir el efectivo, pero es un ganar-ganar: usted entrega los billetitos y se va con un ocumo, una papa, una batata, un pedazo de auyama o un apio a precios razonables. Entonces, podrá dirigirse a su casa sin haberse fumado el cigarrito ni puesto saldo, pero con la emoción de poder preparar un puré con un nombre bonito, aunque confieso que le puse ese nombre por pura coquetería: no espere colores maravillosos ni mucho menos.

Para hacer el puré arco iris, primero pele y sancoche las verduras que compró. Una vez cocidas, hágalas puré en recipientes separados mientras espera que el horno se caliente a temperatura media.

En una bandejita de metal o vidrio, resistente al calor, coloque los diferentes purés haciendo el diseño de su preferencia, aprovechando los colores de los mismos (jejejé). Luego, échele encima una champurreadita de queso, espolvoree orégano, algunas especias de su gusto, sal y meta la bandeja al horno a 180 °C, más o menos.

Como no sé cuánto tiempo tardará en dorarse el queso que está encima del puré arco iris, le sugiero estar pendiente de revisarlo cada diez minutos para que no se queme; o agudizar el olfato, si le da flojera, para que no se queme mucho. Una vez listo, sáquelo del horno y coma gustoso y feliz.

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