ÉPALE 240 CRÓNICAS PEATONALES

POR ANDER DE TEJADA / ILUSTRACIÓN HENRY ROJAS

En un país que es cotidianamente tragicómico es normal que la política sea igual. Cuando esta dinámica se vuelve un ejercicio desordenado, entonces hay una tendencia a la maximización de los usos de los conocidos estereotipos de los protagonistas de la escena. Estos, para llevarlo a su reducción necesaria, son diferentes en cada población, dependiendo de las mismas formas en que se haga la política y, básicamente, surgen del ejercicio de agrupación que hace uno en pro de su diversión posterior: al fin y al cabo, después de que se acaba el día y te das cuenta de que completar la diligencia es harto terrible, como también lo es no sentirte burlado, despojado, violado, manoseado de algún modo por la cotidianidad… es mejor tener alguien de quien burlarse para no sucumbir.

Muchas veces he visto a los robadores de cámara en encuentros fortuitos, devenidos de alguna caminata por la ciudad. Esto nos demuestra que el mal, aunque predominante en los quinceañeros obsesionados con las selfies, no se abstiene del mundo adulto.

Los robadores de cámara son, generalmente, esos tipos a los que les gusta tomarse fotos con los que aparenten más debilidad física del grupo de seres que tenga enfrente y necesite convencer. Es como si dentro de ellos tuvieran un radar o una especie de escáner del sistema inmunológico. El que parezca tener las defensas más bajas es su elegido para la toma: generalmente buscan al flaquito del grupo, a la señora más anciana o al bebé más fresco. Entonces, dan dos o tres señales al aire y sale una dama o un caballero con una cámara más grande que la envergadura de sus cuerpos para eternizar el momento. Al cabo de un rato, si el débil del grupo eres tú, a pesar de que no sepas para qué coño se te tomó esa foto, aparecerás al lado de un tipo con cara de sufrido, con el ceño fruncido, con los ojos encogidos, cuyo lema de vida se estampa sobre tu cuerpo escuálido -ay, qué palabra- y te deja una marca de por vida: “Fulanito, hombre de futuro, hombre de fe’’.

Marca que, naturalmente, como la vida en esta política, te hace sentir confundido a pesar de que no sea necesariamente profundo.

Los roba cámaras generalmente son sujetos que viven en un período de transición. Quieren llegar a las alturas de la política pero se mantienen todavía abajo. “¿Cómo llegar?”, se preguntan en las noches, y podríamos suponer que es un ángel que les susurra en los sueños y les revela la solución. Pero no. No es un ángel. No es un ser mágico. Es la Historia, implantada como el recuerdo inducido de una ciencia ficción aterradora; es el razonamiento recurrente de unos miembros de la política que piensan que a las masas se les llega haciendo grandes fiestas y poniendo una cámara a rodar hacia atrás mientras se camina sonriendo y se ofrece esa sonrisa como un regalo divino; mientras se coloca la mano en posición plana y se agita el brazo para pedir un saludo de vuelta que, generalmente, no llega; mientras se capta un mundo producido por el ingenio de un cineasta o de un fotógrafo, para lograr lo que, al fin y al cabo, les interesa, y que es nuestro dedo apretando su nombre en alguna lista de candidatos mientras nuestra mente viaja al pasado y recuerda:“¡Ah!, Fulanito, hombre de fe, hombre de futuro”.

 

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