ÉPALE266-TROTA CCS

Esta es ya la tercera entrega sobre las diferentes formas de correr, según el grado de compañía: en grupo, en pareja o solo. Hoy escribiré sobre la tercera opción, en la que milito activamente: la soledad.

Dijimos al comenzar esta revisión que correr en grupo era como participar en una orgía; correr con una persona fija, como estar casado, arrejuntado o empatado con alguien; y correr solo era como tener sexo con uno mismo.

Bueno, a riesgo de que me consideren un pajúo (en el sentido de adicto a la masturbación, no en el de delator o sapo) debo confesar que yo corro solo y gozo un imperio.

Correr solo tiene muchas ventajas. La principal de ellas es que no hay que acoplarse a las expectativas ni a las exigencias de nadie. Uno puede escoger la hora a la que quiere ejercitarse, la ruta, la duración, la intensidad y, por supuesto, el tema de conversación. Sí, porque cuando se trota en soledad se conversa muchísimo, con uno mismo, claro.

Lo que más me gusta del tipo de diálogo interior que viene asociado a la carrera es que se parece a esos elevados estados de meditación que logran algunas personas mediante el zen o el mindfulness. El movimiento rítmico y acompasado, aunado al hecho de ir pasando a través de un paisaje cambiante, favorece que la mente trascienda de un asunto a otro y que uno pueda contemplar los pensamientos como quien ve pasar las aguas de un río, sin aferrarse a nada, sin apegos. ¡Qué nota!

Para lograr ese efecto está claro que se necesita, en primer lugar, que el trote sea moderado, pues si uno está corriendo cerca de los límites de sus fuerzas, la mente solo tendrá un pensamiento, y este será: “¡Coño, párate ya!”.

ÉPALE266-TROTA CCS 1Si se quiere meditar entre zancadas es también aconsejable correr en un lugar mínimamente bonito, como un parque, una montaña, la orilla de la playa. Si, en cambio, se dan vueltas alrededor de un campo de fútbol o por unas calles horribles, los pensamientos serán negativos, repetitivos, desagradables. Yo he rozado con el nirvana trotando en el cortafuego del Waraira Repano. No hay manera de describirlo.

Correr solo no liquida totalmente la competencia, pues, como ya fue dicho, esta se encuentra en los diversos niveles de nuestro cerebro: en el reptil, como ancestral instinto, y en el más evolucionado, como subproducto de los prejuicios que nos mete en la cabeza la industria cultural. ¿Cómo sobrevive la competencia en el espíritu de un trotador solitario? Pues, a través del reloj. Según mi experiencia, es inevitable que, luego de superar las primeras etapas, tan pronto se es capaz de correr doscientos o trescientos metros sin necesitar un nebulizador, a todo corredor le da por medirse contra sí mismo. Y la mejor manera de hacer eso es tomándose el tiempo.

Advierto —debo hacerlo— que esto puede llegar a ser una obsesión. Y, aunque no puedo asegurarlo, sospecho que martirizarse con el cronómetro ha causado tantas lesiones como las competencias con otros corredores. En fin, hay que estar muy alerta para no derrotarse definitivamente a uno mismo.

Conozco gente que puede esgrimir docenas de razones para no correr a solas. Dicen que es aburrido, riesgoso, triste, antisocial, cobarde, demencial, mezquino, egoísta, antideportivo, absurdo… Bueno, no seré yo quien te engañe, negándote que a veces puede resultar un arte melancólico. No discutiré que si hablamos de enfrentar un peligro, es mejor ir acompañado. No ocultaré que cuando ven a alguien trotando en soledad, a ciertos individuos les da por insultarlo y hasta por arrimarle el carro para darle tremendo susto.

Pero las sensaciones gratificantes son mucho mayores. Eso sí puedo jurarlo, sobre alguna de las varias biblias que tiene esta religión del correr (la mía es el libro Aerobismo, de James Fixx, sobre quien escribiré algún día). De cualquier manera, que nadie me crea hasta que no se la haga… Perdón, hasta que no corra solo.

ÉPALE 266

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